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Mostrando las entradas etiquetadas como trabajo

Compra-venta

por Javier Debarnot Mauricio, a quien todos conocían como el Master, era el vendedor ambulante más caradura del mundo, capaz de ofrecerle a los transeúntes los productos más inusuales y, lo más llamativo, hacerles creer que los necesitan. Un jueves a las dos de la tarde, iba caminando por las calles porteñas del centro cuando se detuvo a atarse con más fuerza los cordones de sus zapatos. Lo interrumpió una voz de alguien que pasaba. -¿Qué estás vendiendo? -Lo que vos quieras comprar, papá –le contestó sin siquiera girar su cuello, todavía tironeando de uno de los cordones de su calzado hasta que se le partió por su exceso de fuerza. -Parece que hoy no es tu día de suerte –seguía hablándole el hombre que se había parado a su lado. -Yo no necesito suerte, ¿vos qué necesitás? Yo te vendo lo que sea. -Ah, qué bueno, porque yo justamente compro lo que sea. -Entonces encontraste al tipo indicado. Lo querés, lo tenés. Decime ya mismo qué es lo que te haría feliz. ...

La decisión de Julio

por Javier Debarnot Jueves, 9:53 PM El movimiento mecánico de la fregona ya era para Julio una suerte de paso de ballet, como una coreografía elegante y pausada que venía repitiendo desde hacía seis horas, habiendo empezado por la cuarta planta y a punto de acabar el último piso del edificio. Derecha, izquierda, doce veces así, y a sumergir otra vez el palo con peluca en el cubo de agua. Julio tenía un cansancio de esos que te obligan a seguir manteniéndote activo, consciente de que en caso de frenar se puede sufrir un desmayo instantáneo. Y él no quería padecerlo faltando apenas siete minutos para acabar su jornada laboral, una más de esas “limpias e impolutas”. Una más al cabo de los últimos veinticuatro años. Unos pasos de baile más y en su cabeza escuchó un “chan, chan”, como el cierre de un tango. Se pasó la mano por la frente secándose algunas gotas de sudor, preguntándose cuántas le habrían brotado en toda su trayectoria como empleado de limpieza de la empre...

Ojos que ven

por Javier Debarnot A Sergi no le importa nada ni nadie, aunque mejor dicho, sólo le interesan el dinero o las personas que le ayuden a juntarlo. Tampoco es un tipo que cultive su aspecto espiritual sino más bien todo lo contrario. Su premisa es que tenemos una única vida y lo demás son tonterías, o al menos eso pensaba hasta aquel encuentro que le dio vuelta todo. Un día antes, está revolviendo un cajón buscando la documentación de una de las decenas de propiedades que tiene en su haber, cuando lo interrumpe una llamada telefónica. Nerea, su secretaria, le avisa que quieren pedirle una reunión los inquilinos de un piso suyo. Al confirmarle de que se trata de la familia que las autoridades están a punto de desahuciar por falta de pago, la respuesta de Sergi no admite más explicaciones: que se vayan a la mierda. -Que no me moleste ni Cristo hasta después de comer. Nerea sabe que una nueva interrupción puede enfurecer a su jefe hasta el extremo de tener que soportar una ...

A través del cristal

por Javier Debarnot Cuando bajan el interruptor de la luz principal, se hace la oscuridad y yo ensayo una mueca que nadie ve para darle una cálida bienvenida a la negrura, y que consiste en sacar la lengua en un movimiento eléctrico y repentino. Para mí -y supongo que para la mayoría de mis compañeros y compañeras de celda- empieza el mejor momento de la jornada que casi siempre es la noche. Todos volvemos a ser naturales, olvidamos la parte del show que a cada uno le toca y, por fin después de larguísimas horas, nos relajamos para vivir la vida de la forma en que merecemos vivirla, sin miles de miradas molestas que a fuerza de repeticiones pareciera que nos van perforando la piel poco a poco, lenta pero cansinamente. ¿A quién le gusta ser observado por un gigantesco enjambre de ojos? Que yo sepa, ninguno de nosotros llenó una planilla para entrar en una especie de Gran Hermano. Es en estas horas, que por desgracia pasan rápido, cuando le doy mil vueltas a las cosas mientr...

Con-fusiones peligrosas

por Javier Debarnot Lo que para cien delegados iba a significar una semana “mitad trabajo-mitad juerga” en Málaga, para mí –el pringado de turno- serían varias horas trabajando en casa al servicio de la diversión ajena. Pero nunca hubiera podido imaginar que un simple juego de fusiones iba a transformarse en una locura inexplicable. La idea era, una vez recibidas por correo electrónico las fotos de esas cien personas, mezclar sus caras creando cincuenta personajes fusionados. Todo por obra y gracia de una simple y creativa aplicación del iPad que yo había aprendido a manejar en tiempo récord, desde el despacho de mi hogar, mientras mis hijos me reclamaban atención en sus vacaciones de invierno que también se suponía que eran las mías. A la hora en que me dispuse a hacer la primera transformación, el epicentro de la acción estaba a cientos de kilómetros de mi casa, en Málaga, hacia donde llegaban desde distintos puntos de España los cien protagonistas del evento. Se trataba...

Vida de perros

por Javier Debarnot El suelo de por sí estaba helado, pero era lo de menos para Evelyn entre la incertidumbre y el miedo que le provocaban dormir cada noche en la cocina. A pesar de todo aquello, la chica no se sobresaltó al sentir unos lengüetazos aún más fríos estampándose en sus pies descalzos. Se trataba de Ralph, el labrador de la familia, acercándole un hueso de pollo que apenas había tocado. En plena oscuridad, a Evelyn le brillaron los ojos de emoción por el generoso obsequio de la mascota. Ocurría que, en esa casa, al perro lo alimentaban mucho mejor que a ella. Evelyn era empleada doméstica en el hogar de los Li, un matrimonio chino sin hijos afincado en un barrio céntrico de Hong-Kong. Oriunda de Filipinas, la joven era una de las tantas que huían de su tierra en búsqueda de unas migajas para sobrevivir, aunque más no sea estando lejos de sus seres queridos. Había dejado a su marido enfermo y a dos hijos pequeños con la esperanza de encontrar en China un empleo...

Un carancho en la frontera

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por Javier Debarnot Cuando Juan Alberto volvía a su chalet en San Justo, todavía le daba vueltas a la pregunta de su superior que le había hecho levantar la mano más rápido que sus compañeros de Gendarmería y ofrecerse. “¿Quién tiene las pelotas para tirarse encima de un coche?”. Y Juan las tenía, o al menos eso le hizo creer a los demás. ¿Pero en verdad las tenía? Se suponía que el vehículo iba a ir a paso de hombre, porque esa era la modalidad de la protesta que venían haciendo unos manifestantes para reclamar contra el despido de unos compañeros: ir por la autopista a una velocidad insoportablemente lenta con la intención de entorpecer la circulación, atascarla, y hacer ruido. -¿Y si el coche acelera de golpe? –su mujer intentaba hacerlo entrar en razones. -¿Qué podría pasarme? -No sé, ¿quedar paralítico de por vida? De los nervios, el gendarme sorbió tan rápido el mate que se acabó quemando la garganta. Aunque tuvo la entereza de no insultar al aire...

Enroque

por Javier Debarnot Ir remando con un kayak por las olas tranquilas del Mediterráneo debe ser, si me apuran un poco, uno de los grandes placeres que se pueden experimentar en esta vida. Pero tampoco es para que me envidien, porque aunque estaba disfrutando mi paseo como nunca, hubo un momento en que perdí el control y caí al agua, y cuando volví a emerger ya no había ni kayak ni Mediterráneo. Y estaba en la piel de mi propio jefe . El shock inicial fue mayúsculo. No todos los días uno se sumerge en un mar salado, aunque sea accidentalmente, y sale al segundo a la superficie de una bañera de hidromasaje. Me ocurrió esa locura y juro que no estaba ni borracho ni drogado. Sin acabar de dilucidar si sería mejor o peor, al menos estaba solo, en mi nueva escenografía, entre burbujas que me masajeaban la espalda y las nalgas y dentro de un cuarto de baño tan grande como el salón de mi casa. Cuando me vi las manos, no sólo percibí los dedos arrugados por la extensa permanencia en el ...

Doble vida

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por Javier Debarnot Rafa Santillán podía contarte cómo Máxima Zorreguieta había llegado a ser Reina de Holanda, por qué renunció Chacho Álvarez a la vicepresidencia, y quién había matado a JFK. Con lujo de detalles. Y todo esto te lo decía sin pestañear, fulminándote con sus diminutos ojos y con una seguridad abismal como para que te creyeras que él había estado ahí, en una fiesta en Sevilla, en un despacho de la Casa Rosada o escondido en un armario cerca de un francotirador. Rafa te batía la justa, te desembuchaba la última primicia y, si tenías tiempo, también te explicaba el mundo. Con el primer café de la mañana, Rafa pispiaba los titulares del diario que ponían a disposición de los clientes. Él nunca iba a comprarlo, porque “sólo los giles le dan guita a esos vendedores de pescado podrido”. Ese martes, como no había otros comensales a su alrededor, tenía que vociferar un poco más alto de lo habitual para que lo oyeran los dos o tres que estaban en la barra. ...

No puedo escribir en la oficina

por Javier Debarnot Ahora es el momento. Ya mismo me pongo, si total no es difícil. La historia la tengo y si logro hilar las frases con algo de gracia seguro que sale algo bueno. Abro un documento en blanco y maldición, suena el teléfono y desde los otros internos juegan al distraído. -Contaduría, buenos días -atiendo con el piloto automático, tan automático que a veces digo buenos días a las seis de la tarde. -¿Está el señor Suárez? –preguntan por mi jefe que para variar no está. -Tranquilo que ya le dejo nota -contesto mientras mis dedos manipulan un boli invisible que hace malabares en el aire. Al final, la interrupción fue minúscula pero cortó la pizca de inspiración que había enjaulado para la introducción. Y eso te mata, aunque por suerte en ocasiones la inspiración tiene memoria y vuelve, como ahora. Claro, esa es una buena forma de empezar el relato, tiene gancho, pero “¿tienes un minuto, Javi?”. No lo puedo creer. Le pregunto qué quiere a mi compañero...

Vendetta rusa

por Javier Debarnot       Víktor maldijo en su armenio natal al notar que llevaba puesta su chaqueta blanca. No era la primera vez que elegía un color inadecuado para hacer su trabajo. El problema, en aquellos casos, era que al salpicarse algunas gotas de sangre éstas quedaban evidentes en su ropa clara. Pero no había tiempo ni para cambios de vestuario ni de planes. Yendo en búsqueda de su víctima, Víktor paró un taxi.        -Buenas noches, hombre, ¿adónde lo llevo? –le preguntó el taxista.        -A la Travessera de Les Corts y Carles III –dijo Víktor acomodándose en el asiento.      -Muy bien. Como soy nuevo en la ciudad le pido que me avise si ve que me estoy perdiendo.       -Je –sonrió Víktor con cierta nostalgia-. Si mi madre en Armenia me hubiera avisado que me estaba perdiendo, hoy no estaría haciendo esto… -concluyó sacando un revólver del interior de su abrigo.       A t...