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Mostrando las entradas etiquetadas como Argentina

Matar a la abuelita

por Javier Debarnot -Entiendo que sea triste que se muera la abuela de su mejor amiga... pero no es la madre, es la abuela- dijo mi viejo tirando el grado de parentesco sobre la mesa. -Supongo que querrá acompañarla en un momento difícil -mi mamá aportó el punto de compasión necesaria. -Sí, pero por la abuela no se justifica que Maru falte al trabajo. Somos así. Creemos pertenecer a una sociedad tan civilizada que trasladamos las leyes laborales a la vida: si por fallecimiento de abuela de mejor amiga no corresponde faltar ni un día al trabajo, vemos como una insensatez que alguien se atreva a ausentarse de sus tareas sólo por estar junto a la nieta de la finada. Era domingo a la noche cuando sonó el teléfono en casa, mi papá atendió y mi hermana menor le contó de la muerte de la abuela de Juli, más que nada para informarle sobre el futuro cronograma -velar a la viejita toda la noche y, antes del mediodía del lunes, ir al tortuoso entierro en un cementerio de la ...

Compra-venta

por Javier Debarnot Mauricio, a quien todos conocían como el Master, era el vendedor ambulante más caradura del mundo, capaz de ofrecerle a los transeúntes los productos más inusuales y, lo más llamativo, hacerles creer que los necesitan. Un jueves a las dos de la tarde, iba caminando por las calles porteñas del centro cuando se detuvo a atarse con más fuerza los cordones de sus zapatos. Lo interrumpió una voz de alguien que pasaba. -¿Qué estás vendiendo? -Lo que vos quieras comprar, papá –le contestó sin siquiera girar su cuello, todavía tironeando de uno de los cordones de su calzado hasta que se le partió por su exceso de fuerza. -Parece que hoy no es tu día de suerte –seguía hablándole el hombre que se había parado a su lado. -Yo no necesito suerte, ¿vos qué necesitás? Yo te vendo lo que sea. -Ah, qué bueno, porque yo justamente compro lo que sea. -Entonces encontraste al tipo indicado. Lo querés, lo tenés. Decime ya mismo qué es lo que te haría feliz. ...

Agua, fiesta

por Javier Debarnot -¿Está empezando a llover? -¡Estaba anunciado! -Sí, ¿pero justo ahora? Tenía razón mi circunstancial compañero de cancha. El servicio meteorológico, siempre tan aguafiestas, venía anticipando que justo a la hora en que comenzara la final se largaría una lluvia de aquellas. Pero uno siempre tiene la esperanza de que el pronóstico le erre fiero, ese de índole climático y también aquel que presagiaba que era imposible conseguir entradas para ese partido, el más importante en las últimas décadas para el club de mis amores. Estando todavía en Barcelona, empecé a mover varios hilos –hilos tecnológicos, los guasaps y mesenyers de turno- para ver si algún buen samaritano desde Buenos Aires me conseguía un sitio para el partido definitorio de la Copa más importante de América. -¿Cuántas entradas querés? Cuando leía esa respuesta-pregunta de mi amigo Ale, me ilusioné a lo grande porque creí que la posibilidad no sólo era cierta, sino que además po...

Cruzada de un caballero alegre hacia una noble madurez

por Javier Debarnot Son las once y la avenida Tres tiene poco que contar. Así transcurrían, demasiado anodinas, algunas noches de mis vacaciones de mediados de los noventa, pero a pesar de ello cada año planeaba con amigos un viaje a Gesell que nunca dejábamos de hacer. Esa playa tenía una rara e inexplicable atracción para mí: sólo así se explica que en pleno uno a uno no haya viajado nunca a Brasil y terminara todos los eneros emborrachándome en la ciudad de los médanos. Pero esa velada de otro jueves cobarde parecía condenada a la ruina y la rutina, dos palabritas cuyo significado es muy parecido con la diferencia de la letra te que hace todavía más violento el asunto. Saturados de la misma discoteca de siempre pero degustando del pico la birra nuestra de cada noche, estábamos derrumbados en las escaleras de un portal mientras practicábamos en simultáneo las dos disciplinas olímpicas que mejor se nos daban por aquella época, decir boludeces y dejar pasar el tiempo. -Ch...

De ocupado a preocupado

por Javier Debarnot En un avión. En un teatro. En un crucero. O incluso en la casa de tus futuros suegros. Hay lugares complicados para quedarte encerrado en un baño, pero encuentro pocos tan incómodos como puede serlo un casamiento. Si aquello ocurre, no es difícil que te enfoquen por un rato las luces del protagonismo de la fiesta, y yo –desde un perfumado toilette- fui alguna vez ese inesperado iluminado. Se trataba de la boda del jefe que tenía en esa época, que se celebró en una típica casa de campo situada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Como aperitivo a la fiesta en sí, había una ceremonia religiosa muy “cool” al aire libre, con participación de familiares y amigos. El atractivo de este evento, comparado con los que tienen lugar en una iglesia, era que los más íntimos de la pareja que pasaban a leer trozos de la biblia, parecían haberse fumado unas páginas de la misma. Todo era muy estudiosamente relajado. Pasamos al sitio donde se realizaría la cen...

Que nadie me mire mal

por Javier Debarnot Llevo muchos años ocultando esto y cada día que pasa es uno más en el que siento que estafo a la gente, que engaño a los míos, y que intento mostrarle al mundo que soy algo diferente a mi auténtico “simple yo”. Pero el tormento es tan grande y la angustia tan insostenible que hoy digo basta y por fin contaré la verdad, y les diré desde qué óptica veo todo. Porque hasta acá llegué y, aunque sea una frase hecha, no hay peor ciego que el que no quiera ver. Supongo que, aunque nadie lo sabe, soy así desde que nací. Pero yo no lo sabía, porque intuía mi condición como algo normal. Un bebé no tiene ni idea de la mayoría de las cosas de la vida –y supongo que por eso es tan feliz- y todo empieza a tomar otro color cuando se da cuenta que los demás, los que nos rodean en esa aventura de ir creciendo, tienen claro muy rápido cómo son muchas cuestiones básicas, y hasta parecen asumirlas con una facilidad pasmosa. Ya desde chiquito yo supe que era diferente, pero no m...

Una montaña de recuerdos

por Javier Debarnot En una luna de miel, lo lógico es que sobren relax, tranquilidad, y momentos acaramelados de alcoba. En la mía hubo bastante de lo último, pero diría que descartamos lo primero porque tanto a mi mujer como a mí no nos gusta ver pasar las horas. Creemos que es más divertido subirse a ellas, y mucho más si tienen forma de montaña o, para ser precisos, de cerro López de dos mil setenta y cinco metros de altura. Así fue como subimos esa enorme cuesta… y nos costó tanto que casi que no pudimos bajar de ella. Ocurrió en la bellísima Bariloche hace más de diez años, sitio que ambos habíamos visitado por separado casi una década antes de la luna de miel. Para rememorar aquella época de mochileros con amigos, seguimos la huella de algunos sitios que habíamos visitado antes, y así llegamos a la mítica Colonia Suiza, lugar desde donde se empieza la ascensión al cerro López. -Yo subí con los chicos cuando vinimos en el ´95 –dije después de que posáramos en la entra...

El cielo de Tincho

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por Javier Debarnot Basado en hechos reales Desde arriba de las nubes se veía todo borroso, pero una magia o un “no sé qué” permitía que el objetivo de los ángeles se divisara bien claro, tan cristalino y puro como su alma, la del joven que paseaba con su perro cerca de las vías del tren. No sabía que pronto iba a saltar de un mundo a otro. -Ahí va Martín. -¿Martín, “el arquitecto”? -Sí, él nos regaló este caparazón de tortuga donde estamos sentados ahora mismo. Martín, unos meses atrás, había empezado a desarrollar una afición muy particular y genial, sólo apta para elegidos. Al mirar hacia el cielo, las formas de las nubes despertaban su imaginación e impulsaban a su mano artista para transformarlas. Los cielos de Martín no presagiaban ni probabilidades de lluvia ni visibilidad variada. Sus cielos estaban llenos de dinosaurios, de gallinas, de filósofos griegos con barba, y él, sin saberlo, con esa brillante idea estaba haciendo dos cosas a la vez: reg...

Esto no tiene nombre

por Javier Debarnot Además de una gran amistad, a Juan y a mí nos une una singular pasión que no es el fútbol. Que sí, que también nos encanta, pero esto es otra cosa, algo que cosechamos por lo bajo como un sello distintivo de nuestra forma de ver a los demás. Juan y yo, desde siempre, compartimos el insólito pasatiempo de poner apodos. A él, a ella y, si se descuidan, a ustedes y a sus madres. Es probable que una parte de este vicio nos haya venido en los genes, porque no nacimos en Kuala Lumpur sino en la porteñísima Buenos Aires, que debe ser la ciudad del mundo donde poner apodos es el auténtico deporte nacional. Sólo basta con elegir tres ídolos argentinos al azar para comprobar que todos ellos tienen, como mínimo, un apodo que no podría separarse del nombre de pila, casi como si éste y el mote fueran hermanos siameses. Juan es el único que hizo toda la secundaria conmigo, primera parte en un colegio y segunda en otra. La diversión a pleno empezó en la última etapa,...

De regreso a octubre

por Javier Debarnot Hace 14 años me tatué a octubre en el hombro. No estaba relacionado al mes, de hecho me lo hice el 1 de noviembre, y era para homenajear al mejor disco de mi banda de rock favorita. Pero hoy, que ha pasado tanto tiempo, lo veo como una premonición: un octubre de 2006 fue el mes que cambió mi vida para siempre. Cada octubre tengo una sensación extraña en el estómago, de esas que ni se explican ni se entienden, y algún día del mes caigo, cuento y aterrizo. Ya conté hasta ocho, porque pasaron ocho años desde mi entrada a España. Al advertir el acontecimiento, comprendo la presencia de esos aleteos internos que me invaden en esta época y que son los que intentan comunicarle a mi razón que mi alma quiere gritar y llamar la atención en cada aniversario. Cada octubre, una parte de mis sentimientos se ve afectada por una ausencia que se extiende en el tiempo y que nació desde que me fui, porque ya llevo casi una década huérfano de patria. Las consecuencias de ha...

Tragos y estragos

por Javier Debarnot Cuando se disfraza de pantera rosa, Gustavo se evade de su infierno personal, al menos durante el itinerario del Tren de la Alegría por las calles de Villa Gesell. Allí arriba se alimenta de las risas de los niños, aunque él lleve cinco años sin dibujarse una sonrisa, los mismos que han pasado desde que su pequeño hijo falleció en un trágico accidente. Ya van dos temporadas haciendo ese trabajo tan peculiar, junto a Mickey, Bob Esponja, Buggs Bunny y la ardilla de la Era del Hielo. Cuando lo aceptaron para el puesto, Gustavo no tenía dónde caerse muerto. Desalineado y hambriento, su aspecto no podía engañar a nadie y menos a Omar, el dueño de la atracción, pero la desesperación dibujada en la mirada del aspirante logró convencer al jefe que sólo necesitaba poder confiar en sus empleados. -Una noche que faltes, y estás fuera. Gus se lo había tomado al pie de la letra. El problema venía de mucho antes, cuando se venía tomando hasta el agua de las ...