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Mostrando las entradas etiquetadas como vida cotidiana

Matar a la abuelita

por Javier Debarnot -Entiendo que sea triste que se muera la abuela de su mejor amiga... pero no es la madre, es la abuela- dijo mi viejo tirando el grado de parentesco sobre la mesa. -Supongo que querrá acompañarla en un momento difícil -mi mamá aportó el punto de compasión necesaria. -Sí, pero por la abuela no se justifica que Maru falte al trabajo. Somos así. Creemos pertenecer a una sociedad tan civilizada que trasladamos las leyes laborales a la vida: si por fallecimiento de abuela de mejor amiga no corresponde faltar ni un día al trabajo, vemos como una insensatez que alguien se atreva a ausentarse de sus tareas sólo por estar junto a la nieta de la finada. Era domingo a la noche cuando sonó el teléfono en casa, mi papá atendió y mi hermana menor le contó de la muerte de la abuela de Juli, más que nada para informarle sobre el futuro cronograma -velar a la viejita toda la noche y, antes del mediodía del lunes, ir al tortuoso entierro en un cementerio de la ...

Agua, fiesta

por Javier Debarnot -¿Está empezando a llover? -¡Estaba anunciado! -Sí, ¿pero justo ahora? Tenía razón mi circunstancial compañero de cancha. El servicio meteorológico, siempre tan aguafiestas, venía anticipando que justo a la hora en que comenzara la final se largaría una lluvia de aquellas. Pero uno siempre tiene la esperanza de que el pronóstico le erre fiero, ese de índole climático y también aquel que presagiaba que era imposible conseguir entradas para ese partido, el más importante en las últimas décadas para el club de mis amores. Estando todavía en Barcelona, empecé a mover varios hilos –hilos tecnológicos, los guasaps y mesenyers de turno- para ver si algún buen samaritano desde Buenos Aires me conseguía un sitio para el partido definitorio de la Copa más importante de América. -¿Cuántas entradas querés? Cuando leía esa respuesta-pregunta de mi amigo Ale, me ilusioné a lo grande porque creí que la posibilidad no sólo era cierta, sino que además po...

Qué ridículo

por Javier Debarnot Camino al trabajo una mañana cualquiera y entonces lo veo. Un desconocido, un extraño acercándose en bici hacia mí, no sólo hacia mí, también hacia un camión hidrante de esos que se utilizan para limpiar las calles, gracias a la conexión de una manguera… Y qué problema la manguera, cuando el ciclista la engancha o mejor dicho la manguera engancha al ciclista, y como si fuera una artera zancadilla de un recio zaguero, empieza su titánica tarea de voltearlo, poco a poco, porque así arranca el desmoronamiento, con un temblor de todo en tres metros a la redonda, donde estoy yo, en primera fila, mirando atónito, y es tal el esfuerzo del hombre por no caer que intenta aguantar estoico, se desespera camino al suelo, pedalea en el aire y su lucha parece estar rindiendo frutos porque no será derribado al menos hasta el siguiente párrafo. Ahora sí, el estropicio está consumado. Cae. Se desploma. Paf y fiuuuu. Se desbarranca y se desliza un metro más sobre la acer...