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Matar a la abuelita

por Javier Debarnot -Entiendo que sea triste que se muera la abuela de su mejor amiga... pero no es la madre, es la abuela- dijo mi viejo tirando el grado de parentesco sobre la mesa. -Supongo que querrá acompañarla en un momento difícil -mi mamá aportó el punto de compasión necesaria. -Sí, pero por la abuela no se justifica que Maru falte al trabajo. Somos así. Creemos pertenecer a una sociedad tan civilizada que trasladamos las leyes laborales a la vida: si por fallecimiento de abuela de mejor amiga no corresponde faltar ni un día al trabajo, vemos como una insensatez que alguien se atreva a ausentarse de sus tareas sólo por estar junto a la nieta de la finada. Era domingo a la noche cuando sonó el teléfono en casa, mi papá atendió y mi hermana menor le contó de la muerte de la abuela de Juli, más que nada para informarle sobre el futuro cronograma -velar a la viejita toda la noche y, antes del mediodía del lunes, ir al tortuoso entierro en un cementerio de la ...

¿Una carta?

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por Javier Debarnot Hace pocos días, metiendo cosas en cajas para nuestra futura mudanza a Dublin, casi que me tropecé con una carta de una ex-novia de la juventud, una solitaria hoja amarillenta que llevaba dos décadas atrapada en un sobre de papel y que me provocó lo obvia curiosidad, muchísima, de querer saber lo que me decía esa chica tantos años atrás cuando nuestras vidas eran otras, porque ella y yo éramos otros, muy distintos, nosotros y todo el mundo que nos rodeaba. Leí… Barcelona, viernes 13 de octubre de 1995 Amor: Tengo tantas cosas para decirte que no sé ni por dónde empezar. La mano me tiembla de la emoción y por eso te anticipo que la letra me va a salir así, medio deforme y fea, como si en vez de escribirte con una lapicera tuviera un taladro en la mano. Te puse dos líneas más arriba que no sabía por dónde empezar y me acabo de iluminar. Sé que es medio egoísta arrancar hablando de mí, pero es que no hay otra persona en el mundo con quien quiero c...

Los ojos del alma

por Javier Debarnot Aldana nunca fue una niña de seis años parecida a la mayoría de las niñas de seis años. Desde que empezaba a enfocar sus ojos a los pocos meses de nacer, ya se veía que su mirada apuntaba a otros sitios. Pero sus familiares y amigos, aun conociendo las rarezas que Aldana traía consigo desde la cuna, jamás hubiesen imaginado lo que, ya comprobado fehacientemente, llevaba adentro esa niña tan especial. Empezó a caminar de una manera precoz, a sus nueve meses de vida. Pareció incluso que hubiera podido hacerlo antes: su imposibilidad residía en que, hasta el momento de dar sus primeros pasos, sus pies no tenían la fuerza necesaria para sostener al resto de su cuerpo, pero se notaba a la legua que Aldana sí contaba con la motricidad adecuada, como si hubiese llegado al mundo con esa capacidad ya aprehendida. Esa, la de caminar, y tantas otras. Al ver de tanto en tanto algún álbum de fotos, solía quedar eclipsada por imágenes antiguas, todavía en blanco y n...