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Mostrando las entradas etiquetadas como transporte público

Ha sido increíble

por Javier Debarnot Lo malo de viajar en Metro cada mañana no es que vaya lleno por la hora punta, o no enganchar señal para el móvil entre determinadas estaciones. Lo malo es que nunca pase nada. Lo insoportable es la rutina, que como un gigante va avanzando muy de a poco pero aplastando todo a su paso. Cuando me subí en Badal ese jueves de abril, lo único distinto al resto de los días era el hecho de ser Sant Jordi, motivo por el cual decenas de chicas iban con una rosa en la mano. Para mi gran fortuna iba sentado, y desde mi comodidad poco habitual me llamó la atención una de las mujeres que llevaba una flor como las demás, con la diferencia de que ella era bellísima. Me eclipsaron sus ojos miel y quedé obnubilado, tanto que ni me percaté que un hombre estaba yendo hacia la dama abriéndose paso entre el resto de los viajantes, como braceando en un mar arremolinado. -¿Quién te regaló esa rosa? –le preguntó de un modo tan agresivo que nadie en el vagón pudo evitar dir...

Ojos que ven

por Javier Debarnot A Sergi no le importa nada ni nadie, aunque mejor dicho, sólo le interesan el dinero o las personas que le ayuden a juntarlo. Tampoco es un tipo que cultive su aspecto espiritual sino más bien todo lo contrario. Su premisa es que tenemos una única vida y lo demás son tonterías, o al menos eso pensaba hasta aquel encuentro que le dio vuelta todo. Un día antes, está revolviendo un cajón buscando la documentación de una de las decenas de propiedades que tiene en su haber, cuando lo interrumpe una llamada telefónica. Nerea, su secretaria, le avisa que quieren pedirle una reunión los inquilinos de un piso suyo. Al confirmarle de que se trata de la familia que las autoridades están a punto de desahuciar por falta de pago, la respuesta de Sergi no admite más explicaciones: que se vayan a la mierda. -Que no me moleste ni Cristo hasta después de comer. Nerea sabe que una nueva interrupción puede enfurecer a su jefe hasta el extremo de tener que soportar una ...

Sube y baja en Diagonal

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por Javier Debarnot Me subí en Diagonal y todo parecía ir como siempre. Un viaje en Metro desde el centro hasta Collblanc, en un horario apacible y con una temperatura apacible: las cuatro y veinte de un jueves otoñal, horario y día en que los vagones suelen ir medianamente llenos, o medianamente vacíos según se lo mire. Todavía repasando la última charla que había tenido con un amigo, me sorprendí cuando el Metro se detuvo en la primera estación después de mi ingreso al mismo: Diagonal. ¿Diagonal? Expulsé la palabra con gran sorpresa por mi boca. Por un segundo estaba convencido de que ya habíamos avanzado, pero no me quedó otra que suponer que nunca nos habíamos puesto en movimiento hasta ese momento, y que yo me había hundido en una distracción de esas que te detienen o aceleran en el tiempo. Pero cuando llegamos a una nueva estación fue el “no va más”. Otra vez Diagonal. Me preocupé en serio y miré a mi alrededor en busca de cómplices. Temí no hallarlos pero por ...

Seis vagones y un mismo viaje

por Javier Debarnot I. 3 de junio a las 17:53 en un vagón de la línea 5, dirección Vall d´Hebron: Una bellísima mujer, de pie junto a una de las puertas, mantiene una acaramelada conversación vía móvil. “No puedo aguantar ni un minuto más sin verte. Sí, me he puesto tu perfume favorito y el sostén que te vuelve loco, para que me lo quites… No, mi marido tiene una reunión de directorio, así que hasta las 9 de la noche no notará mi ausencia, pero tranquilo, que desconecto este aparato y que se caiga el mundo: seré sólo para ti, y toda para ti”. II. 2 de agosto a las 6:53 en un vagón de la línea 1, dirección Fondo: Dos hombres intentan llevar una conversación mientras luchan contra legañas y bostezos. -¿No es demasiado temprano? -No, te digo que ya debe haber gente. -Qué mal estamos, ¿quieres decirme que cada día la gente hace dos horas de cola para ver a un abogado? -Sí, aunque desconozco cuántos tuvieron la suerte de llegar una mañana al trabajo y ver que había...

Toda la verdad y nada más que la verdad

por Javier Debarnot           Muchos sueñan con ser millonarios, otros con ser poderosos, y quizás una porción mínima, simplemente con ser héroes. Yo a decir verdad nunca me acosté deseando nada de eso, pero en mis treinta y cuatro años de vida estuve bastante cerca de cumplir una de esas tres aspiraciones: ser un héroe, pero de los de carne y hueso. ¿O acaso no lo es alguien que le salva la vida a un desconocido sin pretender recompensa alguna?      Me tengo que remontar a un tiempo mucho más lejano, precisamente a épocas en las que empezaba a adormecer la adolescencia pero la adultez se vislumbraba recién a cientos de kilómetros en mi hoja de ruta. Apenas tenía dieciocho años, aún vivía con mis padres y trabajaba como cadete en una pequeña editorial de libros escolares, aunque lo único que importa en la historia es que, luego de finalizar mis labores, volvía en el autobús de la línea 168 un viernes 21 de octubre de 1994 ...

Arrástrate y anda

por Javier Debarnot       Desde hace unos meses Emilio se las había rebuscado para ganarse la vida, aunque el “dignamente” no se ajustaba a su caso. Manifestando una imposibilidad para caminar, empezó pidiendo en una silla de ruedas por los vagones del subterráneo y sacaba treinta pesos por día. Hasta que descubrió que arrastrándose por el suelo sin silla podía recaudar hasta cien por mañana.         Había elegido la estación “Tribunales”, porque estaba provista de un ascensor que le permitía llegar sentado hasta el andén sin necesidad de que alguien lo bajara por las escaleras. Se metía en cada subte que pasaba e iniciaba su discurso mendigando monedas de muchos y billetes de los más samaritanos. Apenas tres horas después de haberse subido al primer vagón, ya podía contar en sus bolsillos la cantidad suficiente de dinero para solventarse. Vivía solo en un mono ambiente del barrio de Once, y para casi todos era una incógnita cómo h...

Séver led odnum le

por Javier Debarnot       -¿Cuánto falta para llegar a Amsterdam?         -Querrás decir, “cuánto falta para que Amsterdam llegue a nosotros”.         Yo miraba a mi interlocutor con cara de creerme el tipo más astuto del pasaje. El problema es que él me miraba raro. No sólo él, sino todos los que cruzaban palabras conmigo en ese vagón, o en el de atrás, o en el comedor. ¿Y desde cuándo esa sensación de incomprendido? Justo a partir de que le pregunté al primero si se había dado cuenta de que el tren no se estaba moviendo, que lo que se movía era el mundo exterior.         Está bien, lo admito, en ocasiones consumo marihuana y ésta se trataba de una de ellas. Me había fumado un fino antes de subir y acomodarme a mi asiento, pero conozco bien los efectos que produce el porro, y una cosa es que un semáforo en rojo dure seis minutos y otra muy distinta que haya movimientos...