Volantazos desesperados
por Javier Debarnot Esos nubarrones no parecían presagiar nada bueno pero estaban ahí, y Pedro hubiera jurado que los muy traicioneros esperarían el momento justo, aquel que más lo molestara, para tirarle encima una lluvia de esas crueles, irritantes y filosas. Una lluvia bien hija de su madre. Pedro no necesitaba mucho para ser el hombre más pesimista del mundo, y si encima le daban letra… Con ese panorama, faltando media hora para salir a la pista, creyó que no iba a aprobar el examen de conducción salvo que lo partiera un rayo. Al examinador, claro. Su madre estacionó el coche y le deseó suerte sin mucha convicción, y Pedro la vio alejarse hacia la cafetería de la oficina de tránsito, para protegerse de ese frío de agosto y refugiarse de la probable lluvia. Y para dejarlo una vez más solo como desde que se había ido su padre. Nada había sido igual desde ese cáncer fulminante que se había llevado a Guillermo el invierno anterior. -Ay, viejo, no sabés cómo te extraño....