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Mostrando las entradas etiquetadas como viajes

Matar a la abuelita

por Javier Debarnot -Entiendo que sea triste que se muera la abuela de su mejor amiga... pero no es la madre, es la abuela- dijo mi viejo tirando el grado de parentesco sobre la mesa. -Supongo que querrá acompañarla en un momento difícil -mi mamá aportó el punto de compasión necesaria. -Sí, pero por la abuela no se justifica que Maru falte al trabajo. Somos así. Creemos pertenecer a una sociedad tan civilizada que trasladamos las leyes laborales a la vida: si por fallecimiento de abuela de mejor amiga no corresponde faltar ni un día al trabajo, vemos como una insensatez que alguien se atreva a ausentarse de sus tareas sólo por estar junto a la nieta de la finada. Era domingo a la noche cuando sonó el teléfono en casa, mi papá atendió y mi hermana menor le contó de la muerte de la abuela de Juli, más que nada para informarle sobre el futuro cronograma -velar a la viejita toda la noche y, antes del mediodía del lunes, ir al tortuoso entierro en un cementerio de la ...

Cruzada de un caballero alegre hacia una noble madurez

por Javier Debarnot Son las once y la avenida Tres tiene poco que contar. Así transcurrían, demasiado anodinas, algunas noches de mis vacaciones de mediados de los noventa, pero a pesar de ello cada año planeaba con amigos un viaje a Gesell que nunca dejábamos de hacer. Esa playa tenía una rara e inexplicable atracción para mí: sólo así se explica que en pleno uno a uno no haya viajado nunca a Brasil y terminara todos los eneros emborrachándome en la ciudad de los médanos. Pero esa velada de otro jueves cobarde parecía condenada a la ruina y la rutina, dos palabritas cuyo significado es muy parecido con la diferencia de la letra te que hace todavía más violento el asunto. Saturados de la misma discoteca de siempre pero degustando del pico la birra nuestra de cada noche, estábamos derrumbados en las escaleras de un portal mientras practicábamos en simultáneo las dos disciplinas olímpicas que mejor se nos daban por aquella época, decir boludeces y dejar pasar el tiempo. -Ch...

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy

por Javier Debarnot Sentado sobre el confortable sillón, Mario se saca una legaña con un dedo y con otros dos abre y cierra mecánicamente los distintos menús de su móvil. A su alrededor, cuatro de sus amigos hacen lo mismo y unos cuantos más revolotean por la zona, todos medio dormidos, la mayoría ansiosos, pero ninguno tan ilusionado como Mario. Pasan los minutos y cada tanto vuelve a revisar la misma conversación. Queda eclipsado, una y otra vez, y ya se sabe de memoria ese ininterrumpido intercambio de mails, entre él y Anna, que había empezado cuatro días antes y tenía su último mensaje la noche anterior. Mario sonríe de sólo imaginar la alegría que le había provocado la llegada de cada correo y, más que nada, el contenido de los mismos. Compartió con Anna dos semanas que, ni se permite dudarlo, fueron las mejores de su vida, una vida corta, cualquiera podría aclararle y tendría razón, pero en sus diecisiete años Mario jamás había estado tan obnubilado como lo estaba a...

Una montaña de recuerdos

por Javier Debarnot En una luna de miel, lo lógico es que sobren relax, tranquilidad, y momentos acaramelados de alcoba. En la mía hubo bastante de lo último, pero diría que descartamos lo primero porque tanto a mi mujer como a mí no nos gusta ver pasar las horas. Creemos que es más divertido subirse a ellas, y mucho más si tienen forma de montaña o, para ser precisos, de cerro López de dos mil setenta y cinco metros de altura. Así fue como subimos esa enorme cuesta… y nos costó tanto que casi que no pudimos bajar de ella. Ocurrió en la bellísima Bariloche hace más de diez años, sitio que ambos habíamos visitado por separado casi una década antes de la luna de miel. Para rememorar aquella época de mochileros con amigos, seguimos la huella de algunos sitios que habíamos visitado antes, y así llegamos a la mítica Colonia Suiza, lugar desde donde se empieza la ascensión al cerro López. -Yo subí con los chicos cuando vinimos en el ´95 –dije después de que posáramos en la entra...

A Costa Rica en Business

por Javier Debarnot Cuando cuatro amigos de toda la vida logran ponerse de acuerdo en algo, el mundo pasa a ser un lugar mejor. Pero en ese mundo ideal, el nuestro, cabían todos menos uno: el rasta que nos había estafado y que queríamos cagar bien a trompadas. Y todo ocurrió una noche de Playa Negra, hace una pila de años en la exótica Costa Rica. Cómo llegamos Nico, Gon, Pety y yo a querer linchar a un simpático personaje de la fauna local se podría explicar en cuatro líneas, pero puede ser más divertido si aplicamos unas pocas pero pintorescas pinceladas de contexto. Todo empezó, como tantas otras cosas que al final acaban mal, cuando intentamos conseguir hierba, se supone que de la buena. Al no ser asiduos consumidores, mucho menos éramos buenos compradores de la sagrada hoja. De alguna manera, siempre nos llegaba algo de carambola y aprovechábamos, pero cuando teníamos que ir a conseguirla en rodeo ajeno, quedábamos más expuestos que un pésimo alumno en plena lección o...

María Cristina

por Javier Debarnot      Laia intentaba focalizar. Por unos pocos segundos, nada se interponía entre sus ojos y el techo amarillo de la estación María Cristina, hasta que aparecieron varias cabezas y unas voces le preguntaron si estaba bien. Y no, no estaba bien. Su corazón hacía lo que podía mientras ella boqueaba como un pez arrancado del agua. **********      Veinte minutos antes, Laia bajaba por las escaleras turbada por lo que le había dicho su ginecólogo, “sería un milagro que pudieras quedarte embarazada”. Pasó la tarjeta del Metro y ganó el andén, pero de golpe todo empezó a nublársele. Después de recobrar sus sentidos, vio que a su alrededor la gente iba vestida con ropa de los setenta y ella parecía ser la única desubicada. Flipó.      Un rato después, esperando pacientemente el Metro, Laia se sorprendió con una chica que le era familiar. Tenía su misma edad y atesoraba una carpeta entre sus brazos. Convencida ...

Un mundo mejor

por Javier Debarnot      El meteorito, de un tamaño que cubriría la superficie total de Australia, avanzaba a miles de kilómetros por hora en dirección certera e inmodificable hacia la Tierra.      Cuando los más equipados y preparados científicos lo vieron venir, ya era demasiado tarde. No habría más que un par de semanas para decidir y actuar, y la única salida que vislumbraron factible era el éxodo. Huir antes de que todo lo que existía en el planeta tal como lo conocían dejara de hacerlo en un puñado de segundos. Nada iba a quedar en pie de producirse el impacto del meteorito y, descartando cualquier posibilidad de destruirlo antes de que llegara, las mentes más iluminadas concluyeron que no había otra escapatoria que, precisamente, la escapatoria.      Por las características de urgencia y elevado costo de la huída, no todos iban a formar parte de ese plan de evacuación, sino más bien algunos privilegiados. Sólo los que tuvieran var...

Todo, pero todo es posible

por Javier Debarnot      Ella despertó aquella mañana con ganas de vivir, muchísimas ganas. Con un gran deseo de sentirse en el cénit de su plácida pero silenciosa existencia, de hacerse notar aún a costa de romper en pedazos la tranquilidad de todos los que se hacían un hueco en su mundo. Tantas veces se la había nombrado en vano, tanto se había especulado con ella, que ya quería hacer algo de verdad para que vieran que sí, que aquello que se decía era cierto. Que podía serlo. El problema era que, tratándose de ella, su decisión de salir del letargo iba a causar revuelo, desconcierto, temores, dudas y finalmente certezas de profecías apocalípticas que quizás estarían empezando a cumplirse. Pero qué más daba, ella sintió que debía reaccionar y demostrarle a los hombres que la leyenda era real; y su acción, una confirmación atroz y descarada. Para que aprendan.      Las casas empezaron a tiritar cuando ella comenzó a desperezarse. Sus boste...

Seis vagones y un mismo viaje

por Javier Debarnot I. 3 de junio a las 17:53 en un vagón de la línea 5, dirección Vall d´Hebron: Una bellísima mujer, de pie junto a una de las puertas, mantiene una acaramelada conversación vía móvil. “No puedo aguantar ni un minuto más sin verte. Sí, me he puesto tu perfume favorito y el sostén que te vuelve loco, para que me lo quites… No, mi marido tiene una reunión de directorio, así que hasta las 9 de la noche no notará mi ausencia, pero tranquilo, que desconecto este aparato y que se caiga el mundo: seré sólo para ti, y toda para ti”. II. 2 de agosto a las 6:53 en un vagón de la línea 1, dirección Fondo: Dos hombres intentan llevar una conversación mientras luchan contra legañas y bostezos. -¿No es demasiado temprano? -No, te digo que ya debe haber gente. -Qué mal estamos, ¿quieres decirme que cada día la gente hace dos horas de cola para ver a un abogado? -Sí, aunque desconozco cuántos tuvieron la suerte de llegar una mañana al trabajo y ver que había...