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Un infarto en el entretiempo

por Javier Debarnot Dice la actual esperanza de vida al nacer que, si no ocurre nada raro, se pueden vivir como mínimo 80 años. Podemos concluir que son dos tiempos de 40 años y pico. El 6 de junio de 2017, meses después de soplar las 41 velas, yo estaba en el descanso, digamos en el vestuario, preparándome para salir a jugar la segunda parte de mi vida. Entonces, el Barba me frenó en las escaleras del túnel y me dijo: -No, Javi, descansá tranquilo que el segundo tiempo no lo jugás. De repente, y cuando uno piensa que lo tiene todo controlado, pasa algo que te deja acostado mirando al techo. A los tres segundos se te empieza a nublar todo y "clac", se te apaga un rato la vida. Lo que algunos pueden definir como metáfora de aprendizaje, para mí fue una embolia pulmonar. Eso lo iba a saber varias horas después, lo de mi diagnóstico. La embolia pulmonar, una absurda desconocida para mí, era siendo más específicos un trombo-embolismo pulmonar, y siendo más dr...

Matar a la abuelita

por Javier Debarnot -Entiendo que sea triste que se muera la abuela de su mejor amiga... pero no es la madre, es la abuela- dijo mi viejo tirando el grado de parentesco sobre la mesa. -Supongo que querrá acompañarla en un momento difícil -mi mamá aportó el punto de compasión necesaria. -Sí, pero por la abuela no se justifica que Maru falte al trabajo. Somos así. Creemos pertenecer a una sociedad tan civilizada que trasladamos las leyes laborales a la vida: si por fallecimiento de abuela de mejor amiga no corresponde faltar ni un día al trabajo, vemos como una insensatez que alguien se atreva a ausentarse de sus tareas sólo por estar junto a la nieta de la finada. Era domingo a la noche cuando sonó el teléfono en casa, mi papá atendió y mi hermana menor le contó de la muerte de la abuela de Juli, más que nada para informarle sobre el futuro cronograma -velar a la viejita toda la noche y, antes del mediodía del lunes, ir al tortuoso entierro en un cementerio de la ...

La ventanita del humor

por Javier Debarnot Lo reconozco: soy un actor frustrado. También soy músico y futbolista frustrado, pero tampoco hay que ahondar en mis frustraciones que ya está visto que tengo varias. Mi trunco camino hacia el terreno actoral se cruzó en mi vida varias veces, pero siempre me encontró con el GPS en modo inútil y nunca logré recalcular la forma de llegar a pisar las tablas. Aunque alguna vez me empujaron en cierta forma al escenario, y eso sí que no. A mí no me gusta que me fuercen a nada. En realidad, con respecto a mi vena actoral, jamás estuve cerca de, por ejemplo, inscribirme en un taller de teatro o algo por el estilo. No llegué siquiera a planteármelo dos veces, como mucho una vez y media pero quedo ahí, en estériles hipótesis. Aunque en alguna ocasión participé voluntariamente en episodios que coqueteaban con la actuación, empezando por los típicos actos escolares. Promediando la escuela secundaria, reclamé el papel protagónico en una obra en donde parodiábamos un...

Agua, fiesta

por Javier Debarnot -¿Está empezando a llover? -¡Estaba anunciado! -Sí, ¿pero justo ahora? Tenía razón mi circunstancial compañero de cancha. El servicio meteorológico, siempre tan aguafiestas, venía anticipando que justo a la hora en que comenzara la final se largaría una lluvia de aquellas. Pero uno siempre tiene la esperanza de que el pronóstico le erre fiero, ese de índole climático y también aquel que presagiaba que era imposible conseguir entradas para ese partido, el más importante en las últimas décadas para el club de mis amores. Estando todavía en Barcelona, empecé a mover varios hilos –hilos tecnológicos, los guasaps y mesenyers de turno- para ver si algún buen samaritano desde Buenos Aires me conseguía un sitio para el partido definitorio de la Copa más importante de América. -¿Cuántas entradas querés? Cuando leía esa respuesta-pregunta de mi amigo Ale, me ilusioné a lo grande porque creí que la posibilidad no sólo era cierta, sino que además po...

Cruzada de un caballero alegre hacia una noble madurez

por Javier Debarnot Son las once y la avenida Tres tiene poco que contar. Así transcurrían, demasiado anodinas, algunas noches de mis vacaciones de mediados de los noventa, pero a pesar de ello cada año planeaba con amigos un viaje a Gesell que nunca dejábamos de hacer. Esa playa tenía una rara e inexplicable atracción para mí: sólo así se explica que en pleno uno a uno no haya viajado nunca a Brasil y terminara todos los eneros emborrachándome en la ciudad de los médanos. Pero esa velada de otro jueves cobarde parecía condenada a la ruina y la rutina, dos palabritas cuyo significado es muy parecido con la diferencia de la letra te que hace todavía más violento el asunto. Saturados de la misma discoteca de siempre pero degustando del pico la birra nuestra de cada noche, estábamos derrumbados en las escaleras de un portal mientras practicábamos en simultáneo las dos disciplinas olímpicas que mejor se nos daban por aquella época, decir boludeces y dejar pasar el tiempo. -Ch...

Los ojos del alma

por Javier Debarnot Aldana nunca fue una niña de seis años parecida a la mayoría de las niñas de seis años. Desde que empezaba a enfocar sus ojos a los pocos meses de nacer, ya se veía que su mirada apuntaba a otros sitios. Pero sus familiares y amigos, aun conociendo las rarezas que Aldana traía consigo desde la cuna, jamás hubiesen imaginado lo que, ya comprobado fehacientemente, llevaba adentro esa niña tan especial. Empezó a caminar de una manera precoz, a sus nueve meses de vida. Pareció incluso que hubiera podido hacerlo antes: su imposibilidad residía en que, hasta el momento de dar sus primeros pasos, sus pies no tenían la fuerza necesaria para sostener al resto de su cuerpo, pero se notaba a la legua que Aldana sí contaba con la motricidad adecuada, como si hubiese llegado al mundo con esa capacidad ya aprehendida. Esa, la de caminar, y tantas otras. Al ver de tanto en tanto algún álbum de fotos, solía quedar eclipsada por imágenes antiguas, todavía en blanco y n...

La decisión de Julio

por Javier Debarnot Jueves, 9:53 PM El movimiento mecánico de la fregona ya era para Julio una suerte de paso de ballet, como una coreografía elegante y pausada que venía repitiendo desde hacía seis horas, habiendo empezado por la cuarta planta y a punto de acabar el último piso del edificio. Derecha, izquierda, doce veces así, y a sumergir otra vez el palo con peluca en el cubo de agua. Julio tenía un cansancio de esos que te obligan a seguir manteniéndote activo, consciente de que en caso de frenar se puede sufrir un desmayo instantáneo. Y él no quería padecerlo faltando apenas siete minutos para acabar su jornada laboral, una más de esas “limpias e impolutas”. Una más al cabo de los últimos veinticuatro años. Unos pasos de baile más y en su cabeza escuchó un “chan, chan”, como el cierre de un tango. Se pasó la mano por la frente secándose algunas gotas de sudor, preguntándose cuántas le habrían brotado en toda su trayectoria como empleado de limpieza de la empre...

El abandono

por Javier Debarnot Hasani tienes miles de cosas rondándole en la cabeza, pero ninguna de ellas relacionada con su labor más esencial, la de servir al faraón Dyeser en la construcción de una de las pirámides en el Imperio Antiguo de Egipcio. Corre el año 2315 A.C. y, ajena al majestuoso florecer de su civilización, su vida es un auténtico desastre. Alfredo tampoco las tiene todas consigo, y a pesar de que en el último brindis en el que despidió el año 2014 pensaba que no podría tener peor suerte que en aquellos doce meses que ya estaban expirando, el día a día le estaba dando mazazo tras mazazo haciéndolo quizás uno de los tipos más infelices de Buenos Aires. El egipcio se ha ausentado por tercer día consecutivo de sus labores arquitectónicas. Miles de esclavos del faraón están bajo sus órdenes y tienen tarea para rato en la maratónica empresa que significa levantar uno de los monumentos más imponentes del mundo antiguo. Hasani sabe que pronto tendrá que dar la cara, aunqu...