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En la guerra, no existen grises

por Javier Debarnot      Antes de que una flecha se le enterrara en el omóplato, el mensajero sólo había cometido el pecado de cumplir a rajatabla con su misión, la de comunicarle al rey enemigo que el Príncipe Negro, es decir el mismísimo Eduardo de Woodstock, le declaraba la guerra sin más preámbulos ni miramientos. Juan II se había tomado el asunto tan a pecho que, como respuesta más que elocuente, había decidido matar por la espalda al enviado apenas éste hubo recorrido los escasos metros que separaban el puente del castillo de la torre de vigilancia. Y de ese modo, con esa acción fuera de toda honorabilidad y códigos, así fue como se desató en 1356 la cruel Batalla de Poitiers.      La primera línea de ataque del ejército de Juan II, amo y señor de Francia, salió con ese ímpetu y ese brío que luego empieza a decaer. Hordas de guerreros rasos blandiendo espadas oxidadas y escudos enclenques dieron un paso doble hacia el lugar de la batalla, ...

Las preguntas del rey

por Javier Debarnot       Érase una monarquía donde la principal ley consistía en que jamás se lo podía contradecir al rey. Cuando éste hacía una pregunta a cualquiera de sus súbditos, una negación equivalía a perder la cabeza in-situ, frente al pueblo y sin importar que la respuesta estuviera emparentada con una verdad absoluta. Un “no” al rey era un pasaje seguro a la muerte sin vueltas ni arrepentimientos.         Aquella reglamentación capital llevaba décadas de sangrienta práctica y motivaba que, morbosamente, a los monarcas se los recordaba por el número de cabezas rebanadas durante su reinado. A Ricardo III se le contabilizaron doscientas treinta y seis al cabo de nueve años y Pedro el Justo apenas había decapitado a diecisiete mientras duró su mandato de un lustro. Los cuerpos malogrados de las víctimas se cremaban inmediatamente después de cada deceso, salvo las cabezas que se guardaban como trofeos de guerra en una habita...

Lo mucho que hubieran hecho

por Javier Debarnot       La venda le apretaba los ojos y se extendía casi hasta la punta de su nariz. Apenas liberados sus orificios nasales, Juan podía percibir el hedor que despedía ese paño negro, mezcla de su propia mugre, sangre y transpiración. Ya había perdido toda noción de tiempo y espacio, sin diferenciar el día, la noche, la celda o el cuarto de interrogatorio.         Juan terminaría de estudiar la carrera de Bellas Artes, pero no lo haría en los seis años originales sino que tardaría casi ocho. Promediando el ´82 tendría una crisis vocacional y se iría junto a Julieta, su novia desde los diecisiete, de mochilero al sur de Argentina. Conocería El Bolsón, Lago Puelo, San Martín de los Andes, y concebirían a su primera hija en un camping de la Colonia Suiza en Bariloche, tras una acaramelada noche mezcla de fogón, guitarra y piscos. A su regreso de aquel viaje que se extendería por once meses en lugar de los tres planead...