Qué ridículo
por Javier Debarnot Camino al trabajo una mañana cualquiera y entonces lo veo. Un desconocido, un extraño acercándose en bici hacia mí, no sólo hacia mí, también hacia un camión hidrante de esos que se utilizan para limpiar las calles, gracias a la conexión de una manguera… Y qué problema la manguera, cuando el ciclista la engancha o mejor dicho la manguera engancha al ciclista, y como si fuera una artera zancadilla de un recio zaguero, empieza su titánica tarea de voltearlo, poco a poco, porque así arranca el desmoronamiento, con un temblor de todo en tres metros a la redonda, donde estoy yo, en primera fila, mirando atónito, y es tal el esfuerzo del hombre por no caer que intenta aguantar estoico, se desespera camino al suelo, pedalea en el aire y su lucha parece estar rindiendo frutos porque no será derribado al menos hasta el siguiente párrafo. Ahora sí, el estropicio está consumado. Cae. Se desploma. Paf y fiuuuu. Se desbarranca y se desliza un metro más sobre la acer...