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El cielo de Tincho

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por Javier Debarnot Basado en hechos reales Desde arriba de las nubes se veía todo borroso, pero una magia o un “no sé qué” permitía que el objetivo de los ángeles se divisara bien claro, tan cristalino y puro como su alma, la del joven que paseaba con su perro cerca de las vías del tren. No sabía que pronto iba a saltar de un mundo a otro. -Ahí va Martín. -¿Martín, “el arquitecto”? -Sí, él nos regaló este caparazón de tortuga donde estamos sentados ahora mismo. Martín, unos meses atrás, había empezado a desarrollar una afición muy particular y genial, sólo apta para elegidos. Al mirar hacia el cielo, las formas de las nubes despertaban su imaginación e impulsaban a su mano artista para transformarlas. Los cielos de Martín no presagiaban ni probabilidades de lluvia ni visibilidad variada. Sus cielos estaban llenos de dinosaurios, de gallinas, de filósofos griegos con barba, y él, sin saberlo, con esa brillante idea estaba haciendo dos cosas a la vez: reg...

Enroque

por Javier Debarnot Ir remando con un kayak por las olas tranquilas del Mediterráneo debe ser, si me apuran un poco, uno de los grandes placeres que se pueden experimentar en esta vida. Pero tampoco es para que me envidien, porque aunque estaba disfrutando mi paseo como nunca, hubo un momento en que perdí el control y caí al agua, y cuando volví a emerger ya no había ni kayak ni Mediterráneo. Y estaba en la piel de mi propio jefe . El shock inicial fue mayúsculo. No todos los días uno se sumerge en un mar salado, aunque sea accidentalmente, y sale al segundo a la superficie de una bañera de hidromasaje. Me ocurrió esa locura y juro que no estaba ni borracho ni drogado. Sin acabar de dilucidar si sería mejor o peor, al menos estaba solo, en mi nueva escenografía, entre burbujas que me masajeaban la espalda y las nalgas y dentro de un cuarto de baño tan grande como el salón de mi casa. Cuando me vi las manos, no sólo percibí los dedos arrugados por la extensa permanencia en el ...

Sube y baja en Diagonal

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por Javier Debarnot Me subí en Diagonal y todo parecía ir como siempre. Un viaje en Metro desde el centro hasta Collblanc, en un horario apacible y con una temperatura apacible: las cuatro y veinte de un jueves otoñal, horario y día en que los vagones suelen ir medianamente llenos, o medianamente vacíos según se lo mire. Todavía repasando la última charla que había tenido con un amigo, me sorprendí cuando el Metro se detuvo en la primera estación después de mi ingreso al mismo: Diagonal. ¿Diagonal? Expulsé la palabra con gran sorpresa por mi boca. Por un segundo estaba convencido de que ya habíamos avanzado, pero no me quedó otra que suponer que nunca nos habíamos puesto en movimiento hasta ese momento, y que yo me había hundido en una distracción de esas que te detienen o aceleran en el tiempo. Pero cuando llegamos a una nueva estación fue el “no va más”. Otra vez Diagonal. Me preocupé en serio y miré a mi alrededor en busca de cómplices. Temí no hallarlos pero por ...

María Cristina

por Javier Debarnot      Laia intentaba focalizar. Por unos pocos segundos, nada se interponía entre sus ojos y el techo amarillo de la estación María Cristina, hasta que aparecieron varias cabezas y unas voces le preguntaron si estaba bien. Y no, no estaba bien. Su corazón hacía lo que podía mientras ella boqueaba como un pez arrancado del agua. **********      Veinte minutos antes, Laia bajaba por las escaleras turbada por lo que le había dicho su ginecólogo, “sería un milagro que pudieras quedarte embarazada”. Pasó la tarjeta del Metro y ganó el andén, pero de golpe todo empezó a nublársele. Después de recobrar sus sentidos, vio que a su alrededor la gente iba vestida con ropa de los setenta y ella parecía ser la única desubicada. Flipó.      Un rato después, esperando pacientemente el Metro, Laia se sorprendió con una chica que le era familiar. Tenía su misma edad y atesoraba una carpeta entre sus brazos. Convencida ...

Siempre el mismo cuento

por Javier Debarnot      Estamos hartas, qué digo hartas: hastiadas, preocupadas, furiosas y más. Del listón de sentimientos oscuros que se ciernen amenazantes y enjundiosos sobre este mundo, los sentimos todos e incluso nos inventaríamos algunos más. Hartas. Hartas de esta situación que desde quién sabe cuándo es nuestra maldición y nuestro castigo y no sabemos por qué.       Qué hemos hecho. A quién incomodamos tanto en esta vida o acaso en alguna anterior. Por qué. Por qué se han cebado tanto con nosotras, por qué tanta saña, tanta persecución, tanta matanza absurda y tantas ganas de despedazarnos, calcinarnos, hervirnos, masticarnos, devorarnos, eructarnos. ¿No hay acaso otras especies? ¿No existen otras formas de festejo o de regocijo que no nos incluyan?       Las pocas que venimos subsistiendo a esta masacre, lo hacemos preguntándonos cada día si alguna vez van a intervenir y frenar todo esto los que se dicen defensores de los derec...

Todo, pero todo es posible

por Javier Debarnot      Ella despertó aquella mañana con ganas de vivir, muchísimas ganas. Con un gran deseo de sentirse en el cénit de su plácida pero silenciosa existencia, de hacerse notar aún a costa de romper en pedazos la tranquilidad de todos los que se hacían un hueco en su mundo. Tantas veces se la había nombrado en vano, tanto se había especulado con ella, que ya quería hacer algo de verdad para que vieran que sí, que aquello que se decía era cierto. Que podía serlo. El problema era que, tratándose de ella, su decisión de salir del letargo iba a causar revuelo, desconcierto, temores, dudas y finalmente certezas de profecías apocalípticas que quizás estarían empezando a cumplirse. Pero qué más daba, ella sintió que debía reaccionar y demostrarle a los hombres que la leyenda era real; y su acción, una confirmación atroz y descarada. Para que aprendan.      Las casas empezaron a tiritar cuando ella comenzó a desperezarse. Sus boste...

Diálogos con mi hijo

por Javier Debarnot            ¿Te gustaría que viniera una planta gigante y te arrancara un brazo?, le pregunté a mi hijo después de que él, con una pizca de inocencia y otra de malicia luchando cuerpo a cuerpo dentro de su coraza de niño de cuatro años, le amputara una hoja a un olivero. Nada raro hasta ahí, nada fuera de lo normal hasta que dilucidé por el rabillo de mi ojo que algo verde y gigante se acercaba amenazador hacia nosotros. Era ella, la apocalíptica planta gigante, aquella que le había mencionado a mi primogénito, que venía a cobrar venganza por la salvajada cometida y nos superaba en tamaño haciendo que yo me sintiera como un liliputiense, y ni que hablar del pequeño destructor que llevaba mi sangre en sus venas: él era como una hormiguita al lado de la flora enfurecida.      No vi a nadie a nuestro alrededor salvo esos pedazotes de ramas entrelazados que avanzaban en zigzag buscándolo a él, a mi hijo, po...

Me casé con una extraterrestre

por Javier Debarnot      Haberme dado cuenta recién, hace apenas cinco minutos, de que mi mujer no pertenece al planeta Tierra no me resulta tan grave. Pero sí me preocupa un poco el pequeño detalle de que, también de sopetón, acabo de despertarme en una nave espacial, boyando por el universo. Me imagino que la nave será la suya y sería interesante conocer cuándo adquirió el vehículo, más que nada para saber si entrará o no entre los bienes gananciales.      Lo último que recuerdo es que ayer a las once y pico, antes de irme a dormir, sufría un ligero dolor de cabeza y mi mujer me acercó a la cama una pastillita con un vaso de agua. La ingerí cometiendo el error de siempre: no leer el prospecto del medicamento. No sé, tal vez hubiera estado escrito en las contraindicaciones que el fármaco podía producir leves a moderados desplazamientos del cuerpo, a unos treinta, cuarenta mil kilómetros de la estratósfera. Ahí parece que estoy ahora, viendo la ...

Aislados

por Javier Debarnot       Nunca había cerrado los ojos, razón por la cual todas las instantáneas del horror quedarían tatuadas en sus retinas. En ese momento se preocupó por no abrir su boca impidiendo que el agua empezara a rellenarle los pulmones, y con una inusual calma pataleó y braceó con todas sus fuerzas alejándose de partes del fuselaje del avión que se hundían arrastrándolo todo a su paso. En pocos segundos y sorteando cuerpos y restos maltrechos, Robert se esfumó de la oscuridad de las profundidades, emergió a la superficie y allí nadó dejando atrás la peor escena de su vida.         Tiempo después, el único sobreviviente llegaría jadeando desesperadamente hasta la orilla de una isla dibujada en el medio de la nada y sin permiso para retratarse en mapa alguno. Extasiado, Robert se desplomó sobre uno de los respaldos de asiento que también habían sido arrastrados al igual que él, y allí se durmió temblando del frío y del t...