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Mostrando las entradas etiquetadas como policial

Un carancho en la frontera

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por Javier Debarnot Cuando Juan Alberto volvía a su chalet en San Justo, todavía le daba vueltas a la pregunta de su superior que le había hecho levantar la mano más rápido que sus compañeros de Gendarmería y ofrecerse. “¿Quién tiene las pelotas para tirarse encima de un coche?”. Y Juan las tenía, o al menos eso le hizo creer a los demás. ¿Pero en verdad las tenía? Se suponía que el vehículo iba a ir a paso de hombre, porque esa era la modalidad de la protesta que venían haciendo unos manifestantes para reclamar contra el despido de unos compañeros: ir por la autopista a una velocidad insoportablemente lenta con la intención de entorpecer la circulación, atascarla, y hacer ruido. -¿Y si el coche acelera de golpe? –su mujer intentaba hacerlo entrar en razones. -¿Qué podría pasarme? -No sé, ¿quedar paralítico de por vida? De los nervios, el gendarme sorbió tan rápido el mate que se acabó quemando la garganta. Aunque tuvo la entereza de no insultar al aire...

Por cobarde (carta de un asesino)

por Javier Debarnot Juan Correa: Te escribo esta carta porque voy a matarte. En el momento en que la estés leyendo, quiero que sepas que tendrás los minutos contados. Estoy harto de tu falta de decisión, de tus dudas, de esa cobardía exasperante que te acompaña adonde vayas y que siempre acaba tomando el control. No me queda más remedio que matarte para que ella, tu insoportable cobardía, también quede bien muerta y enterrada. Juan, nunca podrías negarlo, no eres capaz de ningún acto de valentía. Digo de hacerlo, porque en los papeles no existe nadie más atrevido y seguro que tú. Vives de la milimétrica y bien explayada teoría, de la planificación constante para alcanzar un logro que supones será seguro y merecido, pero a la hora de llevarlo a la práctica te cagas, siempre te cagas y lo sabes. Y también sabes que yo lo sé, que te conozco y a pesar de que en ocasiones te admiro y creo en ti, al final acabas saboteando cualquier cosa por cobarde. Te voy a matar...

Asesinato en la agencia (un ajuste de “cuentas”)

por Javier Debarnot      Susi, la encargaba de limpieza de la agencia, llegó aquel día apenas entrada la mañana y hubiera podido imaginar miles de escenarios exóticos o sorprendentes, pero nunca el que se plasmaba casi fantasmagóricamente frente a sus atónitos ojos de lunes. En el suelo todavía en penumbras del pasillo que iba del área de creatividad a la de administración, estaba contorneada en blanco la silueta del cuerpo de una persona. Como en las películas. O más bien como en las escenas del crimen.      Susi casi murió del susto, pero para la tranquilidad de sus familiares no hubo que agregar el dibujo de su diminuta figura junto a la primera. Enseguida pensó en llamar a la policía, pero lo primero que hizo al calmarse fue reconocer -por un par de detalles- el contorno de la macabra figura. Por su cabeza no podían pasar otras cosas que no fueran las preguntas obvias: ¿quién había matado a la nueva ejecutiva de cuentas de la agen...

Por pelotudos

por Javier Debarnot      Ni por disturbios en la vía pública, ni por robo, ni por asesinato. Ni mucho menos por tocarle el culo a una vieja. Por pelotudos. Clara y concisa, esa fue la razón que le dio el comisario de turno al padre de Gonzalo, la respuesta a la pregunta que, para más inri, había sido por qué nos habían metido presos a mí y a mis mejores amigos una cálida noche de noviembre de hace dieciocho años. Toda una noche tras las rejas, por pelotudos.      Nuestra salida de sábado había empezado como casi todas por aquella época: tomando algo, a la vuelta de la manzana de la discoteca que nos engulliría durante largas horas. Tomando algo al principio, porque después pasaba a ser tomando bastante y, en ese punto, en ese preciso momento donde se pasaba del algo al bastante fue cuando empezó a cocerse a fuego lento el motivo que nos llevaría a los cinco a la comisaría del barrio, la seccional número treinta y uno de Colegiales. ...

Toda la verdad y nada más que la verdad

por Javier Debarnot           Muchos sueñan con ser millonarios, otros con ser poderosos, y quizás una porción mínima, simplemente con ser héroes. Yo a decir verdad nunca me acosté deseando nada de eso, pero en mis treinta y cuatro años de vida estuve bastante cerca de cumplir una de esas tres aspiraciones: ser un héroe, pero de los de carne y hueso. ¿O acaso no lo es alguien que le salva la vida a un desconocido sin pretender recompensa alguna?      Me tengo que remontar a un tiempo mucho más lejano, precisamente a épocas en las que empezaba a adormecer la adolescencia pero la adultez se vislumbraba recién a cientos de kilómetros en mi hoja de ruta. Apenas tenía dieciocho años, aún vivía con mis padres y trabajaba como cadete en una pequeña editorial de libros escolares, aunque lo único que importa en la historia es que, luego de finalizar mis labores, volvía en el autobús de la línea 168 un viernes 21 de octubre de 1994 ...

Perdido en el Amazonas

por Javier Debarnot       El último año de mi libertad viví la experiencia única de conocer el Amazonas. El broche de oro fue recorrer el brazo principal del mítico río desde Tabatinga hasta Manaos, en un barco de carga y pasajeros. Brasileños de la zona, algunos turistas europeos y de otros países de América fueron mis compañeros de expedición. Lorenzo, un científico francés, sería quien iba a marcar el rumbo, no del viaje sino de mi destino.         El Voyager III era casi como el Titanic, excepto que no tenía ni sus dimensiones, ni sus chimeneas, ni su velocidad ni su lujo. Tampoco era su viaje inaugural. Pero yo, en cubierta y parado en la proa, me sentía como el rey del mundo, sobretodo al ver a lo lejos algún delfín rosa contorneando entre olas calmas, y no es que lo divisaba por estar bajo efectos de alguna droga amazónica, sino porque verdaderamente existía, siendo uno de los mamíferos más típicos y pintorescos de la reg...