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De ocupado a preocupado

por Javier Debarnot En un avión. En un teatro. En un crucero. O incluso en la casa de tus futuros suegros. Hay lugares complicados para quedarte encerrado en un baño, pero encuentro pocos tan incómodos como puede serlo un casamiento. Si aquello ocurre, no es difícil que te enfoquen por un rato las luces del protagonismo de la fiesta, y yo –desde un perfumado toilette- fui alguna vez ese inesperado iluminado. Se trataba de la boda del jefe que tenía en esa época, que se celebró en una típica casa de campo situada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Como aperitivo a la fiesta en sí, había una ceremonia religiosa muy “cool” al aire libre, con participación de familiares y amigos. El atractivo de este evento, comparado con los que tienen lugar en una iglesia, era que los más íntimos de la pareja que pasaban a leer trozos de la biblia, parecían haberse fumado unas páginas de la misma. Todo era muy estudiosamente relajado. Pasamos al sitio donde se realizaría la cen...

Que nadie me mire mal

por Javier Debarnot Llevo muchos años ocultando esto y cada día que pasa es uno más en el que siento que estafo a la gente, que engaño a los míos, y que intento mostrarle al mundo que soy algo diferente a mi auténtico “simple yo”. Pero el tormento es tan grande y la angustia tan insostenible que hoy digo basta y por fin contaré la verdad, y les diré desde qué óptica veo todo. Porque hasta acá llegué y, aunque sea una frase hecha, no hay peor ciego que el que no quiera ver. Supongo que, aunque nadie lo sabe, soy así desde que nací. Pero yo no lo sabía, porque intuía mi condición como algo normal. Un bebé no tiene ni idea de la mayoría de las cosas de la vida –y supongo que por eso es tan feliz- y todo empieza a tomar otro color cuando se da cuenta que los demás, los que nos rodean en esa aventura de ir creciendo, tienen claro muy rápido cómo son muchas cuestiones básicas, y hasta parecen asumirlas con una facilidad pasmosa. Ya desde chiquito yo supe que era diferente, pero no m...

XXX, YYY...

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por Javier Debarnot Mi tarde fue una pesadilla, qué digo mi tarde si fue el día entero. Todo el santo día. Pero qué gloriosa es la oportunidad que nos da la noche, cada noche, de asesinar sin piedad al día que nos tuvo a maltraer. Hoy, ahora mismo, voy a dormir como si fuera la última vez. Vengo imaginándome el momento de cerrar los ojos casi desde que los abrí a las siete y cuarto de la mañana. Desde ese fatídico instante hasta ahora pasaron demasiadas cosas y ninguna buena, pero durmiendo podré pasar las páginas, el libro entero o la colección completa de hechos desafortunados que me cayeron sobre la cabeza. Llegó la hora de desmayarme sobre la almohada. Tengo el kit completo de la felicidad del futuro soñador: una cama de dos plazas y media sólo para mí, un juego de sábanas y un pijama que huelen a recién lavados y una ventana a mi derecha que, entrecerrada, deja pasar algunas ráfagas de noche encapsuladas en luces mortecinas de coches que pasan, de tanto en tanto,...

Fantaseo con mi muerte

por Javier Debarnot      Mientras camino por una calle cualquiera, voy pensando qué pasaría si me muriera hoy mismo. Me dirijo hacia un sitio intrascendente al que me da lo mismo llegar lento, llegar rápido o no llegar, y por eso, por mero y simple aburrimiento, mi cabeza me lleva a ese lugar que nunca recorrí, del que jamás formé parte, porque en caso de haberlo hecho ahora no estaría divagando así. Por eso fantaseo con mi muerte, y porque está claro que no soy una persona a la que la gente le dice que contagia ganas de vivir.      Si me muriera ahora mismo, ¿quién sería el primero de mis conocidos en enterarse? Si caigo redondo ya, desplomándome en esta esquina por donde pasan dos almas cada tres minutos, un extraño verá mi cadáver y esperará a que aparezca un segundo transeúnte, para recién ahí tomar la decisión de llamar a alguien. Quizás abran mi billetera o busquen mi celular, intentando dilucidar cuál es el número más frecuente al que llam...

Con la Dra. Ramírez a las 18:30

por Javier Debarnot      Muchas personas envidian a los millonarios y no desearían otra cosa que no fuera estar en su lugar para tener la vida solucionada. Pero yo, en cambio, tengo una envidia mucho más terrenal y de andar por casa. Desearía ser cualquier hombre o mujer que no le tenga miedo al dentista, porque yo les tengo un terror descomunal a esos mal nacidos.      Por suerte gozo de una muy buena dentadura, que podría ser blanca y radiante si cumpliera con el mandamiento de ir al dentista al menos dos veces al año. Pero no. El pánico es tan grande dentro de mí que me hace inconcientemente duplicar el intervalo recomendable entre visita y visita, y por eso mismo no es nada extraño que en ese largo interín aparezca una maldita caries que lo complica todo. Si sentarme en la silla eléctrica fuera sólo rendirme ante una limpieza bucal rutinaria, vaya y pase, pero siempre hay una cosita más que en la mayoría de los casos debe ser resuelta con el...

No apto para valientes

por Javier Debarnot      Desde chiquitos empezamos a tener miedo. Incluso desde mucho antes de tener uso de la razón, cosa que a muchos les demora varias décadas. Es que el miedo es algo que no te lo enseña nadie, más bien uno lo aprehende a la fuerza. Y probablemente, eso pasa la primera vez que los padres desalmados nos dejan solos en la cuna, de noche, y con sombras raras que se dibujan en la pared de nuestra habitación.        Una vez que ya tenemos instalado el miedo.exe en nuestro disco rígido interno, ahí sí que otras personas tienen vía libre para meternos aplicaciones que son fácilmente ejecutables: el hombre de la bolsa, el cuco, el fantasma Benito, el señor de las inyecciones, Menem, etc., etc. Hay también otros miedos que serían ridículos e insignificantes para el 99,9% de las personas, pero la pesadilla más cruel para el pobre desalmado que lo sufre. Y todos los tienen, eso está claro. No duden de que el hombre de la bolsa le te...