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Mostrando las entradas etiquetadas como surrealismo

¿Quién da el do de pecho?

por Javier Debarnot -Eurovisión se está convirtiendo en cualquier cosa. Después de soltarle esa frase a mi amiga Noe, ella masculló un “ya ves, tío” mientras recargaba un bol gigante con nachos. Mi mujer había ido a la cocina y, a los gritos, nos advertía que la salsa de guacamole vencía en marzo de 2020, o sea que llevaba un par de meses caducada. En ese momento, cuando nos enfrascamos en una discusión sobre lo dañino que podría ser ese alimento expirado, ya habían participado veinticinco de los cincuenta países convocados al festival más emblemático de la música europea que, cabe destacar, ya se daba el lujo de invitar a artistas de otros continentes e incluso planetas (casualmente, el grupo de simpáticos y diminutos venusianos había cantado un carnavalito tan dignamente como si fueran coyas del altiplano boliviano). La delegación de Cataluña, por tercera edición consecutiva, insistía con versiones fusionadas de su clásica sardana, pero así como no había funcionado e...

Sube y baja en Diagonal

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por Javier Debarnot Me subí en Diagonal y todo parecía ir como siempre. Un viaje en Metro desde el centro hasta Collblanc, en un horario apacible y con una temperatura apacible: las cuatro y veinte de un jueves otoñal, horario y día en que los vagones suelen ir medianamente llenos, o medianamente vacíos según se lo mire. Todavía repasando la última charla que había tenido con un amigo, me sorprendí cuando el Metro se detuvo en la primera estación después de mi ingreso al mismo: Diagonal. ¿Diagonal? Expulsé la palabra con gran sorpresa por mi boca. Por un segundo estaba convencido de que ya habíamos avanzado, pero no me quedó otra que suponer que nunca nos habíamos puesto en movimiento hasta ese momento, y que yo me había hundido en una distracción de esas que te detienen o aceleran en el tiempo. Pero cuando llegamos a una nueva estación fue el “no va más”. Otra vez Diagonal. Me preocupé en serio y miré a mi alrededor en busca de cómplices. Temí no hallarlos pero por ...

Un rato allá

por Andrea Gondar Cierro los ojos y veo el mundo diferente, el aire tiene otro color, el suelo es una acuarela. Camino entre pétalos que pintan mis pies, un cielo eléctrico de color cristal hace desaparecer las sombras. El astro rey ya no está, un suave perfume a dulces flores llena todo, no hay viento, y no cuesta respirar.  Me he mirado las manos llenas de luz, no me lo creo, me toco el rostro y estoy aquí. ¿Qué es este lugar?  Puedo sentir mi respiración y el sonido de mis pies al andar, que preciosa sensación, me quiero quedar.  Solo sentir y aquietar.  Un pájaro me mira a lo lejos,  canta dulcemente y me invita a caminar. Lo sigo simplemente. A lo lejos, un resplandor plateado y brillante  se mueve y corre hacia algún lugar.  ¿Es agua?  El pájaro se detiene sobre la rama de un árbol blanco, de luminosas hojas plateadas que baña sus raíces en ese ¿agua? El pájaro me mira, y sin decir me invita a pasar. Camino hacia...

Fuera de lugar

por Javier Debarnot      Me vi al espejo y no era yo, y mi primer reflejo –o el segundo, porque el primero había sido el que me devolvió el cristal con ese rostro ajeno- fue preguntarme si eso sería bueno o malo. ¿Qué problema habría en esa transfiguración? ¿Acaso estaba yo cien por ciento conforme con mi vida, con mi imagen, con algo? Pero no era aquella la cuestión, sería en todo caso un tema para debatir más tarde, y lo que me apremiaba era el hecho de no reconocerme en el tocador a pesar de tirarme agua a la cara tres veces.      Las inéditas facciones que se revolvían en el lugar donde antes estabas mis viejas facciones parecían estar burlándose de mí, exagerando una mueca casi diabólica desde ese yo que no era yo, mientras a mis auténticos gestos –los que yo conocía de siempre pero en esos instantes no podía ver porque parecían habérmelos robado- los sentía en mi carne evidenciando muestras de incredulidad, apretada la frente en dos surco...

Todo, pero todo es posible

por Javier Debarnot      Ella despertó aquella mañana con ganas de vivir, muchísimas ganas. Con un gran deseo de sentirse en el cénit de su plácida pero silenciosa existencia, de hacerse notar aún a costa de romper en pedazos la tranquilidad de todos los que se hacían un hueco en su mundo. Tantas veces se la había nombrado en vano, tanto se había especulado con ella, que ya quería hacer algo de verdad para que vieran que sí, que aquello que se decía era cierto. Que podía serlo. El problema era que, tratándose de ella, su decisión de salir del letargo iba a causar revuelo, desconcierto, temores, dudas y finalmente certezas de profecías apocalípticas que quizás estarían empezando a cumplirse. Pero qué más daba, ella sintió que debía reaccionar y demostrarle a los hombres que la leyenda era real; y su acción, una confirmación atroz y descarada. Para que aprendan.      Las casas empezaron a tiritar cuando ella comenzó a desperezarse. Sus boste...

Las frías agujas

por Javier Debarnot      Las agujas habían campado a sus anchas durante todo el día, pero a partir de un instante, quién sabe si se trató de un tic o de un tac, iban a acelerarse inexorablemente y empezar a martillear sobre la cabeza de Ángel cada vez con más velocidad, a cada segundo menos piadosas, más traicioneras, menos complacientes. Más abusivas. Su ritmo marcaría la pauta del ánimo de Ángel hasta llevarlo al suelo, pisotearlo y abusarse de él. Ellas mismas, las agujas del reloj del salón que bien podrían haber sido las de la habitación o las de la cocina, cumplirían con su cruel sentencia de, a partir de ese preciso momento, indicarle al joven que ya había llegado la hora. Su hora.      La visión de las agujas llegaba impiadosa desde las alturas, escrutada por los ojos de Ángel que ya no podían contemplar otra cosa, negándosele la proyección del resto de los elementos de su mundo, aquellos que rodeaban al reloj como si su visión real fue...

El día más pensado

por Javier Debarnot       -Ahí, ahí, quedate parado justo ahí.       Lucas pretendía que Lautaro se quedara inmóvil en medio de la oficina como antena humana. Eran las 16:04 y ya estaba empezando un programa de radio en el cual Lucas era productor artístico. Y si alguien no sostenía el trozo de metal, el sonido se tornaba una lluvia molesta.       -¿Te pensás que no tengo nada que hacer?- lanzó Lautaro.       -No, dale, haceme el favor, sostené la antena un segundo más- seguía rogando Lucas, pero la ayuda de su amigo se esfumaría enseguida.       -La voy a soltar ya. Parate y arreglate- y dejó escurrir la antena de sus manos sin titubear, volviéndose a oir ese molesto zumbido.       -¿Y si movés un poco el dial? Puede ser que se haya perdido la sintonía, fijate, Lauta.       -¿Te parece? A ver… - con...