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Un rato allá

por Andrea Gondar Cierro los ojos y veo el mundo diferente, el aire tiene otro color, el suelo es una acuarela. Camino entre pétalos que pintan mis pies, un cielo eléctrico de color cristal hace desaparecer las sombras. El astro rey ya no está, un suave perfume a dulces flores llena todo, no hay viento, y no cuesta respirar.  Me he mirado las manos llenas de luz, no me lo creo, me toco el rostro y estoy aquí. ¿Qué es este lugar?  Puedo sentir mi respiración y el sonido de mis pies al andar, que preciosa sensación, me quiero quedar.  Solo sentir y aquietar.  Un pájaro me mira a lo lejos,  canta dulcemente y me invita a caminar. Lo sigo simplemente. A lo lejos, un resplandor plateado y brillante  se mueve y corre hacia algún lugar.  ¿Es agua?  El pájaro se detiene sobre la rama de un árbol blanco, de luminosas hojas plateadas que baña sus raíces en ese ¿agua? El pájaro me mira, y sin decir me invita a pasar. Camino hacia...

Ser padre de la noche a la mañana

por Javier Debarnot      La historia de cómo nuestro hijo llegó al mundo no puede ni debe, caprichosamente, resumirse en una partida de nacimiento, un informe rutinario de la sala de partos o en veinte imágenes digitales donde los padres salen de la peor forma en la que puede aparecer en una fotografía un ser humano, o más bien una aproximación de ser humano que ha superado la proeza de expandir la especie, ¿o sería más correcto afirmar que ha cometido la torpeza de traer una criatura más a este sitio abarrotado de personas indeseables? Sea como sea, él nació y yo me veo en la necesidad de relatar sus últimas horas dentro y sus primeras fuera, poniendo el foco en lo que le sucedió a la otra protagonista principal de la obra, su generosa madre, y a quien esto escribe que nunca olvidará ese par de días plagados de alegría, adrenalina, algo de dolor, mucho pero mucho cansancio, algún miedo y al final más alegría.      Cenábamos en casa junto a mis suegros,...

Un mundo mejor

por Javier Debarnot      El meteorito, de un tamaño que cubriría la superficie total de Australia, avanzaba a miles de kilómetros por hora en dirección certera e inmodificable hacia la Tierra.      Cuando los más equipados y preparados científicos lo vieron venir, ya era demasiado tarde. No habría más que un par de semanas para decidir y actuar, y la única salida que vislumbraron factible era el éxodo. Huir antes de que todo lo que existía en el planeta tal como lo conocían dejara de hacerlo en un puñado de segundos. Nada iba a quedar en pie de producirse el impacto del meteorito y, descartando cualquier posibilidad de destruirlo antes de que llegara, las mentes más iluminadas concluyeron que no había otra escapatoria que, precisamente, la escapatoria.      Por las características de urgencia y elevado costo de la huída, no todos iban a formar parte de ese plan de evacuación, sino más bien algunos privilegiados. Sólo los que tuvieran var...

Dame aire

por Javier Debarnot      “Te necesito más que al aire que respiro”. Qué estupidez. Las propias palabras que Óscar le había escrito a una novia en 1996, o sea veinte años atrás, le parecen además de cursis un disparate escrito a destiempo. Hoy, él y gran parte de la humanidad saben muy bien que nada puede valorarse tanto como el oxígeno que respiramos, o más bien que casi ni podemos respirar. Y por eso en 2016 estamos viviendo la cruel disyuntiva de atrincherarnos en modernas cuevas urbanas para evitar el contacto con el aire, o morir.      Morir rápido y con dolor, con un estertor que estremece a quien pueda oírlo, esa es la última moda en el catálogo de epidemias mortales de la humanidad y nos azota sin piedad desde hace varios meses en todas las grandes ciudades. El veloz deceso es ocasionado por una infección mortal que quema la garganta y arrasa con todos los caminos que conducen a los pulmones, destruyéndolos sin más, y todo por obra y grac...

Me importa un cuerno

por Javier Debarnot      Cuando Rodrigo lanzó la pelota al aire, supo que al impactarla ya no habría vuelta atrás ni tiempo para arrepentirse, y que tendría que estar preparado -¿lo estaba?- para aguantarse la que se le iba a venir encima. Con el rabillo del ojo, mientras la verde fluorescente giraba en su órbita todavía ascendente, miró a su contrincante que no estaba del otro lado de la red sino mucho más cerca. El enemigo observaba expectante a pocos metros, detrás de su propio banco. Su entrenador. Su gran amigo. O al menos así lo había considerado él hasta la noche anterior, la de la traición, durante la velada previa al partido más importante de su vida.      Rodrigo Morales era un tenista profesional dando sus últimos raquetazos en el circuito. Durante casi diez años había podido mantenerse entre los cincuenta mejores del mundo, incluyendo una temporada fantástica en la que supo colarse entre los top-ten y molestarlos en más de una ocasión. Per...

La pizza también se sirve bien fría

por Javier Debarnot      Veinte años no es nada, ya lo dice el tango, y al soltar la frase el autor tal vez se quedó tranquilo tarareándola, desconociendo que la mayoría de los mortales le refutaría ese concepto con miles de argumentos, tantos como los que caben en unas nada efímeras dos décadas de existencia. ¿Quién puede decir que no le cambió la vida en todo ese tiempo? ¿Alguien podría tirar la piedra y esconder la mano?      Fede, que lo que había escondido era la piedra para fumarla más tarde, reflexionaba sobre el avasallante paso del tiempo mientras deambulaba nervioso por el palier de su casa. Se preguntaba quién sería el primero en llegar a la cita, a la anhelada cena del reencuentro para festejar los veinte años de haber acabado el secundario. La ansiedad surfeaba en la cresta de la ola como si estuviera de viaje de egresados, y de aquello también habían pasado veinte años.      Desde que sonó el primer timbrazo hasta que se a...

Irse por las ramas

por Javier Debarnot      Juliana estaba desesperada por un cigarrillo. Pero de las cuatro personas que quedábamos en la fiesta -exceptuándola a ella-, sólo fumaba yo y se me habían acabado mis Camel hacía rato. Me siguió hasta la habitación y parecía convencida de que sus ruegos iban a obrar el milagro de la aparición del tabaco. Lo dudo mucho, le aclaraba mientras revolvía un cajón para ver si de casualidad me quedaba algún paquete de los que me había traído un amigo en su viaje a Perú.       -No, Juli, no me quedan ni los Marlboro del altiplano -le dije y vi la desazón en sus ojos, pero no quedaba nada por hacer. Iba a ser imposible satisfacer sus necesidades de nicotina, hasta que lo dijo. Lo dijo justo cuando su mirada aterrizó sobre mi Talismán.       -¿Y eso no nos podrá salvar? -me puso en aprietos, señalándome el frasco de vidrio con su flaco índice izquierdo, que se hacía aún más escuálido por el aparatoso anillo que lo rodeaba. ...