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La pizza también se sirve bien fría

por Javier Debarnot      Veinte años no es nada, ya lo dice el tango, y al soltar la frase el autor tal vez se quedó tranquilo tarareándola, desconociendo que la mayoría de los mortales le refutaría ese concepto con miles de argumentos, tantos como los que caben en unas nada efímeras dos décadas de existencia. ¿Quién puede decir que no le cambió la vida en todo ese tiempo? ¿Alguien podría tirar la piedra y esconder la mano?      Fede, que lo que había escondido era la piedra para fumarla más tarde, reflexionaba sobre el avasallante paso del tiempo mientras deambulaba nervioso por el palier de su casa. Se preguntaba quién sería el primero en llegar a la cita, a la anhelada cena del reencuentro para festejar los veinte años de haber acabado el secundario. La ansiedad surfeaba en la cresta de la ola como si estuviera de viaje de egresados, y de aquello también habían pasado veinte años.      Desde que sonó el primer timbrazo hasta que se a...

Irse por las ramas

por Javier Debarnot      Juliana estaba desesperada por un cigarrillo. Pero de las cuatro personas que quedábamos en la fiesta -exceptuándola a ella-, sólo fumaba yo y se me habían acabado mis Camel hacía rato. Me siguió hasta la habitación y parecía convencida de que sus ruegos iban a obrar el milagro de la aparición del tabaco. Lo dudo mucho, le aclaraba mientras revolvía un cajón para ver si de casualidad me quedaba algún paquete de los que me había traído un amigo en su viaje a Perú.       -No, Juli, no me quedan ni los Marlboro del altiplano -le dije y vi la desazón en sus ojos, pero no quedaba nada por hacer. Iba a ser imposible satisfacer sus necesidades de nicotina, hasta que lo dijo. Lo dijo justo cuando su mirada aterrizó sobre mi Talismán.       -¿Y eso no nos podrá salvar? -me puso en aprietos, señalándome el frasco de vidrio con su flaco índice izquierdo, que se hacía aún más escuálido por el aparatoso anillo que lo rodeaba. ...

Black Label on the islands

por Javier Debarnot      El dedo, siempre pulcro y con su uña prolijamente recortada, hacía rato que estaba zambullido en el líquido amarillento que era la perdición de su amo. Y era este último, su dueño, quien le enviaba al dedo la orden desde su poco lúcido cerebro –porque enviar órdenes era casi lo único que sabía hacer- para que girara lento y cadencioso, en sentido circular, empujando sin ganas aquellos trozos de hielo como dos islas en un mar sereno, una y otra vez, y sólo abandonaba ese movimiento mecánico para entregarse a otro, el de llevar el vaso a la boca y regar los labios con aquel whisky de negra etiqueta, casi tan oscura como su alma de cobarde asesino.      Los pensamientos desvariados, confusos y oscuros, iban librando una lucha interna entre ellos para abrirse paso entre esa maraña de neuronas, multitudinario grupo un par de décadas atrás, pero que en ese momento de su vida iba disminuyendo su número y las que quedaban es...

Fuera de lugar

por Javier Debarnot      Me vi al espejo y no era yo, y mi primer reflejo –o el segundo, porque el primero había sido el que me devolvió el cristal con ese rostro ajeno- fue preguntarme si eso sería bueno o malo. ¿Qué problema habría en esa transfiguración? ¿Acaso estaba yo cien por ciento conforme con mi vida, con mi imagen, con algo? Pero no era aquella la cuestión, sería en todo caso un tema para debatir más tarde, y lo que me apremiaba era el hecho de no reconocerme en el tocador a pesar de tirarme agua a la cara tres veces.      Las inéditas facciones que se revolvían en el lugar donde antes estabas mis viejas facciones parecían estar burlándose de mí, exagerando una mueca casi diabólica desde ese yo que no era yo, mientras a mis auténticos gestos –los que yo conocía de siempre pero en esos instantes no podía ver porque parecían habérmelos robado- los sentía en mi carne evidenciando muestras de incredulidad, apretada la frente en dos surco...

Crónica de una independencia anunciada

por Javier Debarnot 24 de septiembre de 2019           El día en que se iban a separar, o más bien el día en que se iba a definir hacerlo, España y Cataluña amanecieron juntas, acaso por última vez. España era un país vasto, lleno de comunidades entre las cuales estaba incluida Cataluña. Por eso aquella mañana, como miles y miles de días atrás compartidos en el calendario, una era parte de la otra; y sus historias, las de sus habitantes en común, seguían rodándose en paralelo. Así había sido para los españoles que vivían en Cataluña y para los catalanes que compartían tierra con España. Así, hasta el día en que se iban a separar, allá por el año 2017.       Hoy, habiendo pasado dos años de aquel trágico día, son pocas las personas que sin haber vivido la implosión desde adentro pueden explicarse, a ellos y al resto del mundo, lo que en verdad ocurrió. Hoy no se conserva nada de todo lo que alguna vez fue. España ha quedado manca...

Auto-secuestro

por Javier Debarnot      Quiero denunciar un secuestro. Sí, está ocurriendo ahora mismo. ¿Que a quién? ¡A mí mismo! Y no es broma, en este preciso instante casi no tengo adonde ir, salvo a los lugares por los que ya pasé treinta y ocho mil veces, y que están tan iguales y yo tan distinto cada vez que vuelvo a cruzarme con ellos. Quizás debería decir que, más que no tener adonde ir, mientras dure este calvario podría sufrir unas consecuencias nefastas si me atrevo a abandonar mi sitio. Estoy secuestrado, atrapa… ¡momento!, ¡tiempo muerto! Hay un movimiento esperanzador, veo una luz, la vislumbro, es la luz al final del túnel oscuro y tenebroso. Voy hacia ahí, parece que ya toca -¡gracias a Dios!- acabar con esta pesadilla pero… ¡no! Maldición y falsa alarma, otra vomitiva falsa alarma. Sigue el secuestro ambulante, y soy otra vez bienvenido a la angustiante, asfixiante y maligna, aunque en realidad nunca me había ido de ella, tortura despiadada de intentar estaciona...

El detector del pasado

por Javier Debarnot       Julia intentó enjuagarse una vez más los ojos ayudándose de sus dedos rociados con la brisa del mar, pero sus lágrimas seguían brotándole como de una cascada apacible pero eterna.      Cada vez que estoy en la playa con mi familia, no puedo evitar que me invada un leve fastidio alrededor de las ocho de la noche (noche es una forma de decir porque en verano todavía estamos a plena luz). Es mirar a nuestro alrededor y ver a la izquierda una fila de cañas de pescar dispuestas en la orilla del mar a diez metros de distancia entre ellas, y a la derecha exactamente lo mismo. Quedamos nosotros en el medio, como rodeados de una empalizada hecha con palos de los que cuelga un anzuelo que oscila peligrosamente hacia un lado y hacia el otro, preparándose para intentar hipnotizar a los inocentes peces de las inagotables aguas del Atlántico.       Sin poder dejar de temblar, volvió a desplegar ese maldito diagnóstico po...