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Una lección sobre la arena

por Javier Debarnot Estaba con ganas de un nuevo reto y no sé cómo me topé con uno bien grande: correr una media maratón, y por la playa. Para que fuera más extraordinario, el evento iba a ser en diez días a partir del momento en que tomé la decisión de hacerlo -y de la última vez que había salido a trotar, ya habían pasado diez meses-. Con ese panorama, no imaginaba otro final que no fuera el mío atravesando la línea de llegada con una capa de súper héroe. Para derribar todos los mitos acerca de la preparación necesaria para participar de una media maratón, y para demostrar que a un paso de mis cuarenta puedo tener un rendimiento que envidiarían varios de veinticinco. Cuando puse “entrenar para correr 20 kilómetros” en el Google, no existía un resultado que no incluyera como mínimo un cuadro de seis semanas. Leía frases lapidarias como “respetar una progresión”, “no aumentar bruscamente las distancias recorridas”, y otras tantas sentencias que, al repasarlas, no hacían má...

El abandono

por Javier Debarnot Hasani tienes miles de cosas rondándole en la cabeza, pero ninguna de ellas relacionada con su labor más esencial, la de servir al faraón Dyeser en la construcción de una de las pirámides en el Imperio Antiguo de Egipcio. Corre el año 2315 A.C. y, ajena al majestuoso florecer de su civilización, su vida es un auténtico desastre. Alfredo tampoco las tiene todas consigo, y a pesar de que en el último brindis en el que despidió el año 2014 pensaba que no podría tener peor suerte que en aquellos doce meses que ya estaban expirando, el día a día le estaba dando mazazo tras mazazo haciéndolo quizás uno de los tipos más infelices de Buenos Aires. El egipcio se ha ausentado por tercer día consecutivo de sus labores arquitectónicas. Miles de esclavos del faraón están bajo sus órdenes y tienen tarea para rato en la maratónica empresa que significa levantar uno de los monumentos más imponentes del mundo antiguo. Hasani sabe que pronto tendrá que dar la cara, aunqu...

¿Quién da el do de pecho?

por Javier Debarnot -Eurovisión se está convirtiendo en cualquier cosa. Después de soltarle esa frase a mi amiga Noe, ella masculló un “ya ves, tío” mientras recargaba un bol gigante con nachos. Mi mujer había ido a la cocina y, a los gritos, nos advertía que la salsa de guacamole vencía en marzo de 2020, o sea que llevaba un par de meses caducada. En ese momento, cuando nos enfrascamos en una discusión sobre lo dañino que podría ser ese alimento expirado, ya habían participado veinticinco de los cincuenta países convocados al festival más emblemático de la música europea que, cabe destacar, ya se daba el lujo de invitar a artistas de otros continentes e incluso planetas (casualmente, el grupo de simpáticos y diminutos venusianos había cantado un carnavalito tan dignamente como si fueran coyas del altiplano boliviano). La delegación de Cataluña, por tercera edición consecutiva, insistía con versiones fusionadas de su clásica sardana, pero así como no había funcionado e...

Tiempos de ir agachando la cabeza

por Javier Debarnot El doctor Osorio, creyendo que iba a ser una tarde-noche más, llegó a la guardia con la cabeza que se le estaba partiendo, pero sólo al cruzar la puerta del hospital la escena que vio le arrancó todas sus molestias y preocupaciones de cuajo. ¿Se había desatado una guerra y se estaba enterando recién en aquel instante? Heridos. Decenas de ellos. Sentados en la sala de espera los menos graves o desplomados en camillas los que se retorcían de dolor, y por la puerta no dejaban de ingresar más y más, y en la entrada de la guardia la banda sonora de la sirena de las ambulancias no se detenía un segundo por el desfile incesante de vehículos trayendo nuevas víctimas. -¿Qué está pasando, por Dios? –le preguntó Osorio a su compañera, la doctora Levaggi. -No sé, pero creo que esto recién empieza. Los teléfonos estaban colapsados, aunque muy rápido se pudo tener un panorama de la situación a través de otros medios como internet. Los hospitales de t...

Ha sido increíble

por Javier Debarnot Lo malo de viajar en Metro cada mañana no es que vaya lleno por la hora punta, o no enganchar señal para el móvil entre determinadas estaciones. Lo malo es que nunca pase nada. Lo insoportable es la rutina, que como un gigante va avanzando muy de a poco pero aplastando todo a su paso. Cuando me subí en Badal ese jueves de abril, lo único distinto al resto de los días era el hecho de ser Sant Jordi, motivo por el cual decenas de chicas iban con una rosa en la mano. Para mi gran fortuna iba sentado, y desde mi comodidad poco habitual me llamó la atención una de las mujeres que llevaba una flor como las demás, con la diferencia de que ella era bellísima. Me eclipsaron sus ojos miel y quedé obnubilado, tanto que ni me percaté que un hombre estaba yendo hacia la dama abriéndose paso entre el resto de los viajantes, como braceando en un mar arremolinado. -¿Quién te regaló esa rosa? –le preguntó de un modo tan agresivo que nadie en el vagón pudo evitar dir...

Que nadie me mire mal

por Javier Debarnot Llevo muchos años ocultando esto y cada día que pasa es uno más en el que siento que estafo a la gente, que engaño a los míos, y que intento mostrarle al mundo que soy algo diferente a mi auténtico “simple yo”. Pero el tormento es tan grande y la angustia tan insostenible que hoy digo basta y por fin contaré la verdad, y les diré desde qué óptica veo todo. Porque hasta acá llegué y, aunque sea una frase hecha, no hay peor ciego que el que no quiera ver. Supongo que, aunque nadie lo sabe, soy así desde que nací. Pero yo no lo sabía, porque intuía mi condición como algo normal. Un bebé no tiene ni idea de la mayoría de las cosas de la vida –y supongo que por eso es tan feliz- y todo empieza a tomar otro color cuando se da cuenta que los demás, los que nos rodean en esa aventura de ir creciendo, tienen claro muy rápido cómo son muchas cuestiones básicas, y hasta parecen asumirlas con una facilidad pasmosa. Ya desde chiquito yo supe que era diferente, pero no m...

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy

por Javier Debarnot Sentado sobre el confortable sillón, Mario se saca una legaña con un dedo y con otros dos abre y cierra mecánicamente los distintos menús de su móvil. A su alrededor, cuatro de sus amigos hacen lo mismo y unos cuantos más revolotean por la zona, todos medio dormidos, la mayoría ansiosos, pero ninguno tan ilusionado como Mario. Pasan los minutos y cada tanto vuelve a revisar la misma conversación. Queda eclipsado, una y otra vez, y ya se sabe de memoria ese ininterrumpido intercambio de mails, entre él y Anna, que había empezado cuatro días antes y tenía su último mensaje la noche anterior. Mario sonríe de sólo imaginar la alegría que le había provocado la llegada de cada correo y, más que nada, el contenido de los mismos. Compartió con Anna dos semanas que, ni se permite dudarlo, fueron las mejores de su vida, una vida corta, cualquiera podría aclararle y tendría razón, pero en sus diecisiete años Mario jamás había estado tan obnubilado como lo estaba a...