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¿Quién da el do de pecho?

por Javier Debarnot -Eurovisión se está convirtiendo en cualquier cosa. Después de soltarle esa frase a mi amiga Noe, ella masculló un “ya ves, tío” mientras recargaba un bol gigante con nachos. Mi mujer había ido a la cocina y, a los gritos, nos advertía que la salsa de guacamole vencía en marzo de 2020, o sea que llevaba un par de meses caducada. En ese momento, cuando nos enfrascamos en una discusión sobre lo dañino que podría ser ese alimento expirado, ya habían participado veinticinco de los cincuenta países convocados al festival más emblemático de la música europea que, cabe destacar, ya se daba el lujo de invitar a artistas de otros continentes e incluso planetas (casualmente, el grupo de simpáticos y diminutos venusianos había cantado un carnavalito tan dignamente como si fueran coyas del altiplano boliviano). La delegación de Cataluña, por tercera edición consecutiva, insistía con versiones fusionadas de su clásica sardana, pero así como no había funcionado e...

Tiempos de ir agachando la cabeza

por Javier Debarnot El doctor Osorio, creyendo que iba a ser una tarde-noche más, llegó a la guardia con la cabeza que se le estaba partiendo, pero sólo al cruzar la puerta del hospital la escena que vio le arrancó todas sus molestias y preocupaciones de cuajo. ¿Se había desatado una guerra y se estaba enterando recién en aquel instante? Heridos. Decenas de ellos. Sentados en la sala de espera los menos graves o desplomados en camillas los que se retorcían de dolor, y por la puerta no dejaban de ingresar más y más, y en la entrada de la guardia la banda sonora de la sirena de las ambulancias no se detenía un segundo por el desfile incesante de vehículos trayendo nuevas víctimas. -¿Qué está pasando, por Dios? –le preguntó Osorio a su compañera, la doctora Levaggi. -No sé, pero creo que esto recién empieza. Los teléfonos estaban colapsados, aunque muy rápido se pudo tener un panorama de la situación a través de otros medios como internet. Los hospitales de t...

Ha sido increíble

por Javier Debarnot Lo malo de viajar en Metro cada mañana no es que vaya lleno por la hora punta, o no enganchar señal para el móvil entre determinadas estaciones. Lo malo es que nunca pase nada. Lo insoportable es la rutina, que como un gigante va avanzando muy de a poco pero aplastando todo a su paso. Cuando me subí en Badal ese jueves de abril, lo único distinto al resto de los días era el hecho de ser Sant Jordi, motivo por el cual decenas de chicas iban con una rosa en la mano. Para mi gran fortuna iba sentado, y desde mi comodidad poco habitual me llamó la atención una de las mujeres que llevaba una flor como las demás, con la diferencia de que ella era bellísima. Me eclipsaron sus ojos miel y quedé obnubilado, tanto que ni me percaté que un hombre estaba yendo hacia la dama abriéndose paso entre el resto de los viajantes, como braceando en un mar arremolinado. -¿Quién te regaló esa rosa? –le preguntó de un modo tan agresivo que nadie en el vagón pudo evitar dir...

Que nadie me mire mal

por Javier Debarnot Llevo muchos años ocultando esto y cada día que pasa es uno más en el que siento que estafo a la gente, que engaño a los míos, y que intento mostrarle al mundo que soy algo diferente a mi auténtico “simple yo”. Pero el tormento es tan grande y la angustia tan insostenible que hoy digo basta y por fin contaré la verdad, y les diré desde qué óptica veo todo. Porque hasta acá llegué y, aunque sea una frase hecha, no hay peor ciego que el que no quiera ver. Supongo que, aunque nadie lo sabe, soy así desde que nací. Pero yo no lo sabía, porque intuía mi condición como algo normal. Un bebé no tiene ni idea de la mayoría de las cosas de la vida –y supongo que por eso es tan feliz- y todo empieza a tomar otro color cuando se da cuenta que los demás, los que nos rodean en esa aventura de ir creciendo, tienen claro muy rápido cómo son muchas cuestiones básicas, y hasta parecen asumirlas con una facilidad pasmosa. Ya desde chiquito yo supe que era diferente, pero no m...

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy

por Javier Debarnot Sentado sobre el confortable sillón, Mario se saca una legaña con un dedo y con otros dos abre y cierra mecánicamente los distintos menús de su móvil. A su alrededor, cuatro de sus amigos hacen lo mismo y unos cuantos más revolotean por la zona, todos medio dormidos, la mayoría ansiosos, pero ninguno tan ilusionado como Mario. Pasan los minutos y cada tanto vuelve a revisar la misma conversación. Queda eclipsado, una y otra vez, y ya se sabe de memoria ese ininterrumpido intercambio de mails, entre él y Anna, que había empezado cuatro días antes y tenía su último mensaje la noche anterior. Mario sonríe de sólo imaginar la alegría que le había provocado la llegada de cada correo y, más que nada, el contenido de los mismos. Compartió con Anna dos semanas que, ni se permite dudarlo, fueron las mejores de su vida, una vida corta, cualquiera podría aclararle y tendría razón, pero en sus diecisiete años Mario jamás había estado tan obnubilado como lo estaba a...

Futboleros

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por Javier Debarnot Cuando Manel creó el grupo Futboleros para el WhatsApp invitando a David y a Javi, estuvieron casi media hora cambiando la imagen del perfil. Los dos primeros, como fieles pericos, ponían fotos del Espanyol, y el último contrarrestaba con alguna de Messi. Viendo que podían seguir así por toda la eternidad, alguno fue coherente con el nombre Futboleros y metió a una tía en pelotas, y ya nadie más la tocó –aunque estaba para tocarla toda la noche-. La consigna del grupo era clara: con el fútbol y la rivalidad Barça-Espanyol como hilos conductores, el objetivo era molestar al otro, sacarlo de quicio y, en lo posible, dejarlo sin respuesta tras el agravio verbal. Se planteaba un duelo desigual según donde se lo mirara, ya que aunque por un lado eran dos pericos contra un culé, también se podía apreciar una batalla dialéctica entre un seguidor de uno de los equipos más poderosos del mundo contra dos fanáticos de un club de medio pelo que apenas conocían afuer...

Una montaña de recuerdos

por Javier Debarnot En una luna de miel, lo lógico es que sobren relax, tranquilidad, y momentos acaramelados de alcoba. En la mía hubo bastante de lo último, pero diría que descartamos lo primero porque tanto a mi mujer como a mí no nos gusta ver pasar las horas. Creemos que es más divertido subirse a ellas, y mucho más si tienen forma de montaña o, para ser precisos, de cerro López de dos mil setenta y cinco metros de altura. Así fue como subimos esa enorme cuesta… y nos costó tanto que casi que no pudimos bajar de ella. Ocurrió en la bellísima Bariloche hace más de diez años, sitio que ambos habíamos visitado por separado casi una década antes de la luna de miel. Para rememorar aquella época de mochileros con amigos, seguimos la huella de algunos sitios que habíamos visitado antes, y así llegamos a la mítica Colonia Suiza, lugar desde donde se empieza la ascensión al cerro López. -Yo subí con los chicos cuando vinimos en el ´95 –dije después de que posáramos en la entra...