Entradas

Ojos que ven

por Javier Debarnot A Sergi no le importa nada ni nadie, aunque mejor dicho, sólo le interesan el dinero o las personas que le ayuden a juntarlo. Tampoco es un tipo que cultive su aspecto espiritual sino más bien todo lo contrario. Su premisa es que tenemos una única vida y lo demás son tonterías, o al menos eso pensaba hasta aquel encuentro que le dio vuelta todo. Un día antes, está revolviendo un cajón buscando la documentación de una de las decenas de propiedades que tiene en su haber, cuando lo interrumpe una llamada telefónica. Nerea, su secretaria, le avisa que quieren pedirle una reunión los inquilinos de un piso suyo. Al confirmarle de que se trata de la familia que las autoridades están a punto de desahuciar por falta de pago, la respuesta de Sergi no admite más explicaciones: que se vayan a la mierda. -Que no me moleste ni Cristo hasta después de comer. Nerea sabe que una nueva interrupción puede enfurecer a su jefe hasta el extremo de tener que soportar una ...

El cielo de Tincho

Imagen
por Javier Debarnot Basado en hechos reales Desde arriba de las nubes se veía todo borroso, pero una magia o un “no sé qué” permitía que el objetivo de los ángeles se divisara bien claro, tan cristalino y puro como su alma, la del joven que paseaba con su perro cerca de las vías del tren. No sabía que pronto iba a saltar de un mundo a otro. -Ahí va Martín. -¿Martín, “el arquitecto”? -Sí, él nos regaló este caparazón de tortuga donde estamos sentados ahora mismo. Martín, unos meses atrás, había empezado a desarrollar una afición muy particular y genial, sólo apta para elegidos. Al mirar hacia el cielo, las formas de las nubes despertaban su imaginación e impulsaban a su mano artista para transformarlas. Los cielos de Martín no presagiaban ni probabilidades de lluvia ni visibilidad variada. Sus cielos estaban llenos de dinosaurios, de gallinas, de filósofos griegos con barba, y él, sin saberlo, con esa brillante idea estaba haciendo dos cosas a la vez: reg...

A través del cristal

por Javier Debarnot Cuando bajan el interruptor de la luz principal, se hace la oscuridad y yo ensayo una mueca que nadie ve para darle una cálida bienvenida a la negrura, y que consiste en sacar la lengua en un movimiento eléctrico y repentino. Para mí -y supongo que para la mayoría de mis compañeros y compañeras de celda- empieza el mejor momento de la jornada que casi siempre es la noche. Todos volvemos a ser naturales, olvidamos la parte del show que a cada uno le toca y, por fin después de larguísimas horas, nos relajamos para vivir la vida de la forma en que merecemos vivirla, sin miles de miradas molestas que a fuerza de repeticiones pareciera que nos van perforando la piel poco a poco, lenta pero cansinamente. ¿A quién le gusta ser observado por un gigantesco enjambre de ojos? Que yo sepa, ninguno de nosotros llenó una planilla para entrar en una especie de Gran Hermano. Es en estas horas, que por desgracia pasan rápido, cuando le doy mil vueltas a las cosas mientr...

Con-fusiones peligrosas

por Javier Debarnot Lo que para cien delegados iba a significar una semana “mitad trabajo-mitad juerga” en Málaga, para mí –el pringado de turno- serían varias horas trabajando en casa al servicio de la diversión ajena. Pero nunca hubiera podido imaginar que un simple juego de fusiones iba a transformarse en una locura inexplicable. La idea era, una vez recibidas por correo electrónico las fotos de esas cien personas, mezclar sus caras creando cincuenta personajes fusionados. Todo por obra y gracia de una simple y creativa aplicación del iPad que yo había aprendido a manejar en tiempo récord, desde el despacho de mi hogar, mientras mis hijos me reclamaban atención en sus vacaciones de invierno que también se suponía que eran las mías. A la hora en que me dispuse a hacer la primera transformación, el epicentro de la acción estaba a cientos de kilómetros de mi casa, en Málaga, hacia donde llegaban desde distintos puntos de España los cien protagonistas del evento. Se trataba...

He pecado

por Javier Debarnot Paco se sacudió las rodillas antes de doblarlas al costado del confesionario, y no bien lo hizo maldijo para adentro por el dolor que sentía en sus articulaciones. Antes de arrancar, se preguntó si ese “su putísima madre” escupido por su mente también debería incluirlo en el listado de pecados. Del otro lado de la ventana, el Padre Julio ya tenía sus dos oídos dispuestos. -Ave María Purísima –dijo Paco sin ocultar una leve sonrisa irónica, por lo parecida y distinta que era esa frase comparada con la que había pensado dos segundos antes. -Dime qué has hecho, Paco. -Uf, antes que nada, mentí bastante. -¿Y eso? -Muy simple, pido a los demás que hagan buena letra y me pongo como ejemplo, pero la mayoría de las veces no puedo ser ejemplo de nada. Soy bastante hipócrita. Y me siento horrible diciendo una sarta de mentiras cada semana, hablándole a todo el mundo desde arriba y viendo que además están muy pendientes de mí. -Pero eso no ocurre siempre, ¿no? ...

Volantazos desesperados

por Javier Debarnot Esos nubarrones no parecían presagiar nada bueno pero estaban ahí, y Pedro hubiera jurado que los muy traicioneros esperarían el momento justo, aquel que más lo molestara, para tirarle encima una lluvia de esas crueles, irritantes y filosas. Una lluvia bien hija de su madre. Pedro no necesitaba mucho para ser el hombre más pesimista del mundo, y si encima le daban letra… Con ese panorama, faltando media hora para salir a la pista, creyó que no iba a aprobar el examen de conducción salvo que lo partiera un rayo. Al examinador, claro. Su madre estacionó el coche y le deseó suerte sin mucha convicción, y Pedro la vio alejarse hacia la cafetería de la oficina de tránsito, para protegerse de ese frío de agosto y refugiarse de la probable lluvia. Y para dejarlo una vez más solo como desde que se había ido su padre. Nada había sido igual desde ese cáncer fulminante que se había llevado a Guillermo el invierno anterior. -Ay, viejo, no sabés cómo te extraño....

A Costa Rica en Business

por Javier Debarnot Cuando cuatro amigos de toda la vida logran ponerse de acuerdo en algo, el mundo pasa a ser un lugar mejor. Pero en ese mundo ideal, el nuestro, cabían todos menos uno: el rasta que nos había estafado y que queríamos cagar bien a trompadas. Y todo ocurrió una noche de Playa Negra, hace una pila de años en la exótica Costa Rica. Cómo llegamos Nico, Gon, Pety y yo a querer linchar a un simpático personaje de la fauna local se podría explicar en cuatro líneas, pero puede ser más divertido si aplicamos unas pocas pero pintorescas pinceladas de contexto. Todo empezó, como tantas otras cosas que al final acaban mal, cuando intentamos conseguir hierba, se supone que de la buena. Al no ser asiduos consumidores, mucho menos éramos buenos compradores de la sagrada hoja. De alguna manera, siempre nos llegaba algo de carambola y aprovechábamos, pero cuando teníamos que ir a conseguirla en rodeo ajeno, quedábamos más expuestos que un pésimo alumno en plena lección o...