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Enroque

por Javier Debarnot Ir remando con un kayak por las olas tranquilas del Mediterráneo debe ser, si me apuran un poco, uno de los grandes placeres que se pueden experimentar en esta vida. Pero tampoco es para que me envidien, porque aunque estaba disfrutando mi paseo como nunca, hubo un momento en que perdí el control y caí al agua, y cuando volví a emerger ya no había ni kayak ni Mediterráneo. Y estaba en la piel de mi propio jefe . El shock inicial fue mayúsculo. No todos los días uno se sumerge en un mar salado, aunque sea accidentalmente, y sale al segundo a la superficie de una bañera de hidromasaje. Me ocurrió esa locura y juro que no estaba ni borracho ni drogado. Sin acabar de dilucidar si sería mejor o peor, al menos estaba solo, en mi nueva escenografía, entre burbujas que me masajeaban la espalda y las nalgas y dentro de un cuarto de baño tan grande como el salón de mi casa. Cuando me vi las manos, no sólo percibí los dedos arrugados por la extensa permanencia en el ...

Juegos de grandes

por Javier Debarnot -Vamos a hacer el sexo. Diego tenía nueve años y, cuando le hizo la atrevida propuesta a Jessica, de ocho, simplemente esperaba que ella le diera un beso en la boca. Como correspondencia, él iba a sacar la lengua cuando la chica estuviera a centímetros de su boca. La picardía y la inocencia salían a escena una vez cada una, o en ocasiones las dos juntas. Esa mañana, Diego y Jessica jugaban a ser grandes junto con Luisito, el tercero en discordia y el menor con sus siete años. A cientos de miles de kilómetros y a un par de continentes de allí, Carlos y Rubén hacían pan y queso aunque no estaban ni en una panadería ni tenían un horno encendido. Avanzaban desde sitios opuestos y en direcciones enfrentadas, adelantando sus pasos con el objetivo de llegar a pisar la zapatilla del otro en la zona de confrontación. A los dos cuarentones se les sumaban Tito y Rolo, que también llevaban cuatro décadas coleccionadas. -Queso, gané –dijo Carlos-. Rolo, te venís c...

Doble vida

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por Javier Debarnot Rafa Santillán podía contarte cómo Máxima Zorreguieta había llegado a ser Reina de Holanda, por qué renunció Chacho Álvarez a la vicepresidencia, y quién había matado a JFK. Con lujo de detalles. Y todo esto te lo decía sin pestañear, fulminándote con sus diminutos ojos y con una seguridad abismal como para que te creyeras que él había estado ahí, en una fiesta en Sevilla, en un despacho de la Casa Rosada o escondido en un armario cerca de un francotirador. Rafa te batía la justa, te desembuchaba la última primicia y, si tenías tiempo, también te explicaba el mundo. Con el primer café de la mañana, Rafa pispiaba los titulares del diario que ponían a disposición de los clientes. Él nunca iba a comprarlo, porque “sólo los giles le dan guita a esos vendedores de pescado podrido”. Ese martes, como no había otros comensales a su alrededor, tenía que vociferar un poco más alto de lo habitual para que lo oyeran los dos o tres que estaban en la barra. ...

La luz al final del túnel

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por Javier Debarnot Dicen que cuando uno muere puede ver un túnel y al final una luz. Vamos acercándonos a ella y, en caso de llegar, estaríamos en problemas porque sería el final definitivo de la fiesta. También aseguran que, en el transcurso de ese viaje fugaz, se nos cruzan imágenes de nuestra vida, como en un Powerpoint, pero sin esas transiciones berretas que tanto gustan a la gente de marketing. Vi esa luz el domingo pasado, la percibí claramente. Pero para que eso ocurriera antes me sentí envuelto por la oscuridad más absoluta, que se iba a romper en mil pedazos por la irrupción de ese resplandor tan nítido, tan embriagador y tan divino. No hay un amanecer sin ocaso, porque es imposible levantarse sin antes haber caído, o disfrutar de un manjar sin haber pasado hambre. O extasiarse en un reencuentro sin haber pasado por una partida que te parte al medio. Vi oscuridad en forma de eternas semanas de vacío una vez que todo había acabado, mientras otros seguían disfrutand...

XXX, YYY...

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por Javier Debarnot Mi tarde fue una pesadilla, qué digo mi tarde si fue el día entero. Todo el santo día. Pero qué gloriosa es la oportunidad que nos da la noche, cada noche, de asesinar sin piedad al día que nos tuvo a maltraer. Hoy, ahora mismo, voy a dormir como si fuera la última vez. Vengo imaginándome el momento de cerrar los ojos casi desde que los abrí a las siete y cuarto de la mañana. Desde ese fatídico instante hasta ahora pasaron demasiadas cosas y ninguna buena, pero durmiendo podré pasar las páginas, el libro entero o la colección completa de hechos desafortunados que me cayeron sobre la cabeza. Llegó la hora de desmayarme sobre la almohada. Tengo el kit completo de la felicidad del futuro soñador: una cama de dos plazas y media sólo para mí, un juego de sábanas y un pijama que huelen a recién lavados y una ventana a mi derecha que, entrecerrada, deja pasar algunas ráfagas de noche encapsuladas en luces mortecinas de coches que pasan, de tanto en tanto,...

Sube y baja en Diagonal

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por Javier Debarnot Me subí en Diagonal y todo parecía ir como siempre. Un viaje en Metro desde el centro hasta Collblanc, en un horario apacible y con una temperatura apacible: las cuatro y veinte de un jueves otoñal, horario y día en que los vagones suelen ir medianamente llenos, o medianamente vacíos según se lo mire. Todavía repasando la última charla que había tenido con un amigo, me sorprendí cuando el Metro se detuvo en la primera estación después de mi ingreso al mismo: Diagonal. ¿Diagonal? Expulsé la palabra con gran sorpresa por mi boca. Por un segundo estaba convencido de que ya habíamos avanzado, pero no me quedó otra que suponer que nunca nos habíamos puesto en movimiento hasta ese momento, y que yo me había hundido en una distracción de esas que te detienen o aceleran en el tiempo. Pero cuando llegamos a una nueva estación fue el “no va más”. Otra vez Diagonal. Me preocupé en serio y miré a mi alrededor en busca de cómplices. Temí no hallarlos pero por ...

Un mes con la idea FIFA

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por Javier Debarnot Pocos minutos después del 4 a 0 que nos metió Alemania, le dije en un balcón a Augusto que quería quedar en estado vegetativo por cuatro años y despertarme unos días antes de Brasil 2014. Si ese sinsentido se hubiera materializado –agradezco a Dios que no fue así-, ahora mismo estaría abriendo los ojos después de ese paréntesis de cuarenta y siete meses. Llegó el momento: en una semana y pico la selección Argentina volverá a convidarnos de ese sueño que hace más de veinte años acaba siempre en pesadilla. Volviendo a esa amarga tarde veraniega en donde los alemanes nos habían dado esa histórica sandunga para echarnos de Sudáfrica, yo sólo deseaba –aparte de la ridiculez de caer en un largo coma- que España quedara afuera lo antes posible. De pura envidia, nomás. De no querer saber nada con la alegría ajena, que no te la refrieguen por la cara, porque viviendo en Barcelona yo estaba en el lugar indicado en el momento justo, y ya saben cómo ter...