Entradas

Por cobarde (carta de un asesino)

por Javier Debarnot Juan Correa: Te escribo esta carta porque voy a matarte. En el momento en que la estés leyendo, quiero que sepas que tendrás los minutos contados. Estoy harto de tu falta de decisión, de tus dudas, de esa cobardía exasperante que te acompaña adonde vayas y que siempre acaba tomando el control. No me queda más remedio que matarte para que ella, tu insoportable cobardía, también quede bien muerta y enterrada. Juan, nunca podrías negarlo, no eres capaz de ningún acto de valentía. Digo de hacerlo, porque en los papeles no existe nadie más atrevido y seguro que tú. Vives de la milimétrica y bien explayada teoría, de la planificación constante para alcanzar un logro que supones será seguro y merecido, pero a la hora de llevarlo a la práctica te cagas, siempre te cagas y lo sabes. Y también sabes que yo lo sé, que te conozco y a pesar de que en ocasiones te admiro y creo en ti, al final acabas saboteando cualquier cosa por cobarde. Te voy a matar...

Fantaseo con mi muerte

por Javier Debarnot      Mientras camino por una calle cualquiera, voy pensando qué pasaría si me muriera hoy mismo. Me dirijo hacia un sitio intrascendente al que me da lo mismo llegar lento, llegar rápido o no llegar, y por eso, por mero y simple aburrimiento, mi cabeza me lleva a ese lugar que nunca recorrí, del que jamás formé parte, porque en caso de haberlo hecho ahora no estaría divagando así. Por eso fantaseo con mi muerte, y porque está claro que no soy una persona a la que la gente le dice que contagia ganas de vivir.      Si me muriera ahora mismo, ¿quién sería el primero de mis conocidos en enterarse? Si caigo redondo ya, desplomándome en esta esquina por donde pasan dos almas cada tres minutos, un extraño verá mi cadáver y esperará a que aparezca un segundo transeúnte, para recién ahí tomar la decisión de llamar a alguien. Quizás abran mi billetera o busquen mi celular, intentando dilucidar cuál es el número más frecuente al que llam...

Vendetta rusa

por Javier Debarnot       Víktor maldijo en su armenio natal al notar que llevaba puesta su chaqueta blanca. No era la primera vez que elegía un color inadecuado para hacer su trabajo. El problema, en aquellos casos, era que al salpicarse algunas gotas de sangre éstas quedaban evidentes en su ropa clara. Pero no había tiempo ni para cambios de vestuario ni de planes. Yendo en búsqueda de su víctima, Víktor paró un taxi.        -Buenas noches, hombre, ¿adónde lo llevo? –le preguntó el taxista.        -A la Travessera de Les Corts y Carles III –dijo Víktor acomodándose en el asiento.      -Muy bien. Como soy nuevo en la ciudad le pido que me avise si ve que me estoy perdiendo.       -Je –sonrió Víktor con cierta nostalgia-. Si mi madre en Armenia me hubiera avisado que me estaba perdiendo, hoy no estaría haciendo esto… -concluyó sacando un revólver del interior de su abrigo.       A t...

Siempre el mismo cuento

por Javier Debarnot      Estamos hartas, qué digo hartas: hastiadas, preocupadas, furiosas y más. Del listón de sentimientos oscuros que se ciernen amenazantes y enjundiosos sobre este mundo, los sentimos todos e incluso nos inventaríamos algunos más. Hartas. Hartas de esta situación que desde quién sabe cuándo es nuestra maldición y nuestro castigo y no sabemos por qué.       Qué hemos hecho. A quién incomodamos tanto en esta vida o acaso en alguna anterior. Por qué. Por qué se han cebado tanto con nosotras, por qué tanta saña, tanta persecución, tanta matanza absurda y tantas ganas de despedazarnos, calcinarnos, hervirnos, masticarnos, devorarnos, eructarnos. ¿No hay acaso otras especies? ¿No existen otras formas de festejo o de regocijo que no nos incluyan?       Las pocas que venimos subsistiendo a esta masacre, lo hacemos preguntándonos cada día si alguna vez van a intervenir y frenar todo esto los que se dicen defensores de los derec...

Un rato allá

por Andrea Gondar Cierro los ojos y veo el mundo diferente, el aire tiene otro color, el suelo es una acuarela. Camino entre pétalos que pintan mis pies, un cielo eléctrico de color cristal hace desaparecer las sombras. El astro rey ya no está, un suave perfume a dulces flores llena todo, no hay viento, y no cuesta respirar.  Me he mirado las manos llenas de luz, no me lo creo, me toco el rostro y estoy aquí. ¿Qué es este lugar?  Puedo sentir mi respiración y el sonido de mis pies al andar, que preciosa sensación, me quiero quedar.  Solo sentir y aquietar.  Un pájaro me mira a lo lejos,  canta dulcemente y me invita a caminar. Lo sigo simplemente. A lo lejos, un resplandor plateado y brillante  se mueve y corre hacia algún lugar.  ¿Es agua?  El pájaro se detiene sobre la rama de un árbol blanco, de luminosas hojas plateadas que baña sus raíces en ese ¿agua? El pájaro me mira, y sin decir me invita a pasar. Camino hacia...

Ser padre de la noche a la mañana

por Javier Debarnot      La historia de cómo nuestro hijo llegó al mundo no puede ni debe, caprichosamente, resumirse en una partida de nacimiento, un informe rutinario de la sala de partos o en veinte imágenes digitales donde los padres salen de la peor forma en la que puede aparecer en una fotografía un ser humano, o más bien una aproximación de ser humano que ha superado la proeza de expandir la especie, ¿o sería más correcto afirmar que ha cometido la torpeza de traer una criatura más a este sitio abarrotado de personas indeseables? Sea como sea, él nació y yo me veo en la necesidad de relatar sus últimas horas dentro y sus primeras fuera, poniendo el foco en lo que le sucedió a la otra protagonista principal de la obra, su generosa madre, y a quien esto escribe que nunca olvidará ese par de días plagados de alegría, adrenalina, algo de dolor, mucho pero mucho cansancio, algún miedo y al final más alegría.      Cenábamos en casa junto a mis suegros,...

Un mundo mejor

por Javier Debarnot      El meteorito, de un tamaño que cubriría la superficie total de Australia, avanzaba a miles de kilómetros por hora en dirección certera e inmodificable hacia la Tierra.      Cuando los más equipados y preparados científicos lo vieron venir, ya era demasiado tarde. No habría más que un par de semanas para decidir y actuar, y la única salida que vislumbraron factible era el éxodo. Huir antes de que todo lo que existía en el planeta tal como lo conocían dejara de hacerlo en un puñado de segundos. Nada iba a quedar en pie de producirse el impacto del meteorito y, descartando cualquier posibilidad de destruirlo antes de que llegara, las mentes más iluminadas concluyeron que no había otra escapatoria que, precisamente, la escapatoria.      Por las características de urgencia y elevado costo de la huída, no todos iban a formar parte de ese plan de evacuación, sino más bien algunos privilegiados. Sólo los que tuvieran var...