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Apenas un cuento infantil

Imagen
por Javier Debarnot      Por primera vez desde que escribo aquí podrán ver una imagen ilustrando mi puñado de frases. Dicen que una sola de ellas vale más que mil palabras, cosa que yo no creo y puedo explicarles el porqué: si ven la foto de una casa, es esa casa y punto, pero si leen la palabra “casa”, ¿cuántas se pueden imaginar? La de ustedes, la mía, aquella donde pasaron su infancia o esa en la que transcurrieron las mejores vacaciones de su vida. Se dispara la imaginación y no hay quien pueda pararla.      Igual olvídense de todo porque esto viene con trampa. La imagen que verán es un simple rejuntado de palabras. No puedo con mi genio y sigo conservando este espacio sin mostrar siquiera una simple casa. Esto se sigue tratando de letras y más letras. Ahí van…        Lo que acaban de leer lo escribí cuando tenía siete años, o seis si ocurrió antes del 19 de abril de 1983. Lo primero que quiero asegurarle...

Toda la verdad y nada más que la verdad

por Javier Debarnot           Muchos sueñan con ser millonarios, otros con ser poderosos, y quizás una porción mínima, simplemente con ser héroes. Yo a decir verdad nunca me acosté deseando nada de eso, pero en mis treinta y cuatro años de vida estuve bastante cerca de cumplir una de esas tres aspiraciones: ser un héroe, pero de los de carne y hueso. ¿O acaso no lo es alguien que le salva la vida a un desconocido sin pretender recompensa alguna?      Me tengo que remontar a un tiempo mucho más lejano, precisamente a épocas en las que empezaba a adormecer la adolescencia pero la adultez se vislumbraba recién a cientos de kilómetros en mi hoja de ruta. Apenas tenía dieciocho años, aún vivía con mis padres y trabajaba como cadete en una pequeña editorial de libros escolares, aunque lo único que importa en la historia es que, luego de finalizar mis labores, volvía en el autobús de la línea 168 un viernes 21 de octubre de 1994 ...

Aislados

por Javier Debarnot       Nunca había cerrado los ojos, razón por la cual todas las instantáneas del horror quedarían tatuadas en sus retinas. En ese momento se preocupó por no abrir su boca impidiendo que el agua empezara a rellenarle los pulmones, y con una inusual calma pataleó y braceó con todas sus fuerzas alejándose de partes del fuselaje del avión que se hundían arrastrándolo todo a su paso. En pocos segundos y sorteando cuerpos y restos maltrechos, Robert se esfumó de la oscuridad de las profundidades, emergió a la superficie y allí nadó dejando atrás la peor escena de su vida.         Tiempo después, el único sobreviviente llegaría jadeando desesperadamente hasta la orilla de una isla dibujada en el medio de la nada y sin permiso para retratarse en mapa alguno. Extasiado, Robert se desplomó sobre uno de los respaldos de asiento que también habían sido arrastrados al igual que él, y allí se durmió temblando del frío y del t...

No te excedas con las copas

por Javier Debarnot       Recibir un amigo que viene desde el otro lado del charco es siempre un motivo de inmensa alegría. Los primeros minutos son un torbellino de anécdotas de allí y de acá, frases desordenadas y risa fácil celebrando el reencuentro. Ayer, una vez agotada la emoción de habernos visto con Nacho, de repente él se acordó de que tenía algo para darme.       -No sabés, Javi, me encontré con Alejo y mirá lo que te manda – me soltó mientras me pasaba un pequeño bulto extraído de un bolsillo lateral de su mochila. Sonreí pensando en aquel viejo amigo de la facultad e imaginé que me estaba obsequiando ese trofeo que habíamos ganado juntos en un concurso de creatividad. Pero cuando tuve el paquete entre mis dedos, lo sopesé y reaccioné. Primero: era demasiado pesado como para tratarse de una diminuta copa de metal; segundo: Nacho no tenía ninguna relación con mis compañeros de la carrera de Publicidad; y tercer...

La conquista

por Javier Debarnot       Lunes. Para Juan era un día cualquiera, uno más de esos que se acumulaban intrascendentemente en su vida. Se sentó en el banco de siempre a la hora de siempre, y oteó el recipiente en el que llevaba sus sándwiches. Sacó uno y empezó a comer casi de compromiso, sumido en un vacío que lo llenaba por completo, hasta que levantó la vista y miró más allá de las rebanadas de pan que sostenían sus manos. En ese instante mágico la vio a ella.         Dos asientos en diagonal hacia la izquierda del banco en el que Juan pasaba cada mediodía, aterrizó una mujer que imantaba miradas. Tenía cabellos largos y rizados, tez blanca y penetrantes ojos marrones que etiquetaban un cuerpo que sugería armonía y sensualidad en cada curva. Vestía sencillo, con blusa negra y falda gris oscura, y leía un libro que Juan intuyó desde lejos que sería de Paulo Coelho por el diseño de la portada. Desde ese momento, el joven de los abúli...