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Sube y baja en Diagonal

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por Javier Debarnot Me subí en Diagonal y todo parecía ir como siempre. Un viaje en Metro desde el centro hasta Collblanc, en un horario apacible y con una temperatura apacible: las cuatro y veinte de un jueves otoñal, horario y día en que los vagones suelen ir medianamente llenos, o medianamente vacíos según se lo mire. Todavía repasando la última charla que había tenido con un amigo, me sorprendí cuando el Metro se detuvo en la primera estación después de mi ingreso al mismo: Diagonal. ¿Diagonal? Expulsé la palabra con gran sorpresa por mi boca. Por un segundo estaba convencido de que ya habíamos avanzado, pero no me quedó otra que suponer que nunca nos habíamos puesto en movimiento hasta ese momento, y que yo me había hundido en una distracción de esas que te detienen o aceleran en el tiempo. Pero cuando llegamos a una nueva estación fue el “no va más”. Otra vez Diagonal. Me preocupé en serio y miré a mi alrededor en busca de cómplices. Temí no hallarlos pero por ...

Un mes con la idea FIFA

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por Javier Debarnot Pocos minutos después del 4 a 0 que nos metió Alemania, le dije en un balcón a Augusto que quería quedar en estado vegetativo por cuatro años y despertarme unos días antes de Brasil 2014. Si ese sinsentido se hubiera materializado –agradezco a Dios que no fue así-, ahora mismo estaría abriendo los ojos después de ese paréntesis de cuarenta y siete meses. Llegó el momento: en una semana y pico la selección Argentina volverá a convidarnos de ese sueño que hace más de veinte años acaba siempre en pesadilla. Volviendo a esa amarga tarde veraniega en donde los alemanes nos habían dado esa histórica sandunga para echarnos de Sudáfrica, yo sólo deseaba –aparte de la ridiculez de caer en un largo coma- que España quedara afuera lo antes posible. De pura envidia, nomás. De no querer saber nada con la alegría ajena, que no te la refrieguen por la cara, porque viviendo en Barcelona yo estaba en el lugar indicado en el momento justo, y ya saben cómo ter...

Okupas

por Javier Debarnot Dejé mi hogar diciéndole adiós a mi historia reciente sin grandes aspavientos. Crucé toda la ciudad, hasta el otro lado del río, y mientras vagaba por allí, una noche de luna llena de octubre, vi una puerta cerrada a medias que mi optimismo tradujo en abierta por la mitad. Tenía ante mí una oportunidad grande como una casa. Primero con timidez y después con firmeza, empujé el portón y me metí. Sin hacer mucho ruido, acomodé mis pocas cosas en los recovecos de la morada tomada y caí rendido al sueño. Y de eso ya van casi ocho años. No era el único en aquella casa. Éramos muchos okupas que proveníamos de los sitios más recónditos, pero no se trataba sólo de nosotros, los teóricos invasores. Los dueños de casa también deambulaban por los pasillos y se los veía amos y señores de sus habitaciones, de la cocina, del baño, de todas las salas comunes. Los primeros días, semanas, y hasta meses, nos miraban por encima del hombro, marcando la diferencia, subrayánd...

No puedo escribir en la oficina

por Javier Debarnot Ahora es el momento. Ya mismo me pongo, si total no es difícil. La historia la tengo y si logro hilar las frases con algo de gracia seguro que sale algo bueno. Abro un documento en blanco y maldición, suena el teléfono y desde los otros internos juegan al distraído. -Contaduría, buenos días -atiendo con el piloto automático, tan automático que a veces digo buenos días a las seis de la tarde. -¿Está el señor Suárez? –preguntan por mi jefe que para variar no está. -Tranquilo que ya le dejo nota -contesto mientras mis dedos manipulan un boli invisible que hace malabares en el aire. Al final, la interrupción fue minúscula pero cortó la pizca de inspiración que había enjaulado para la introducción. Y eso te mata, aunque por suerte en ocasiones la inspiración tiene memoria y vuelve, como ahora. Claro, esa es una buena forma de empezar el relato, tiene gancho, pero “¿tienes un minuto, Javi?”. No lo puedo creer. Le pregunto qué quiere a mi compañero...

La propuesta

por Javier Debarnot Llovía cuando salimos del bar del Polaco, aunque no lo suficiente como para amedrentarnos a Edu y a mí. Seguro que la noche nos tenía reservado algo, después de ese insípido cero a cero que habíamos digerido frente a una fantasmagórica tele de veintinueve pulgadas. Ya afuera y bajo un leve aguacero, apuramos el paso casi chapoteando con nuestras zapatillas de lona por los charcos que empezaban a formarse en las veredas de Belgrano, rumbo a la discoteca donde habían sido engullidos nuestros amigos tres horas atrás. Al llegar a la puerta de La Hacienda, que era el local bailable de moda, había más porteros que eventuales clientes. Arrancábamos mal. De nada sirvieron nuestros intentos de hacer entrar en razones a esos mastodontes sin corazón. Los que no íbamos a entrar de ninguna manera éramos Edu y yo. Con las zapatillas mojadas, el pelo largo y esas seis cervezas de más, no importaba que fuéramos amigos del mismísimo presidente de la ONU. Y lo peor era q...

María Cristina

por Javier Debarnot      Laia intentaba focalizar. Por unos pocos segundos, nada se interponía entre sus ojos y el techo amarillo de la estación María Cristina, hasta que aparecieron varias cabezas y unas voces le preguntaron si estaba bien. Y no, no estaba bien. Su corazón hacía lo que podía mientras ella boqueaba como un pez arrancado del agua. **********      Veinte minutos antes, Laia bajaba por las escaleras turbada por lo que le había dicho su ginecólogo, “sería un milagro que pudieras quedarte embarazada”. Pasó la tarjeta del Metro y ganó el andén, pero de golpe todo empezó a nublársele. Después de recobrar sus sentidos, vio que a su alrededor la gente iba vestida con ropa de los setenta y ella parecía ser la única desubicada. Flipó.      Un rato después, esperando pacientemente el Metro, Laia se sorprendió con una chica que le era familiar. Tenía su misma edad y atesoraba una carpeta entre sus brazos. Convencida ...

Por cobarde (carta de un asesino)

por Javier Debarnot Juan Correa: Te escribo esta carta porque voy a matarte. En el momento en que la estés leyendo, quiero que sepas que tendrás los minutos contados. Estoy harto de tu falta de decisión, de tus dudas, de esa cobardía exasperante que te acompaña adonde vayas y que siempre acaba tomando el control. No me queda más remedio que matarte para que ella, tu insoportable cobardía, también quede bien muerta y enterrada. Juan, nunca podrías negarlo, no eres capaz de ningún acto de valentía. Digo de hacerlo, porque en los papeles no existe nadie más atrevido y seguro que tú. Vives de la milimétrica y bien explayada teoría, de la planificación constante para alcanzar un logro que supones será seguro y merecido, pero a la hora de llevarlo a la práctica te cagas, siempre te cagas y lo sabes. Y también sabes que yo lo sé, que te conozco y a pesar de que en ocasiones te admiro y creo en ti, al final acabas saboteando cualquier cosa por cobarde. Te voy a matar...