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Okupas

por Javier Debarnot Dejé mi hogar diciéndole adiós a mi historia reciente sin grandes aspavientos. Crucé toda la ciudad, hasta el otro lado del río, y mientras vagaba por allí, una noche de luna llena de octubre, vi una puerta cerrada a medias que mi optimismo tradujo en abierta por la mitad. Tenía ante mí una oportunidad grande como una casa. Primero con timidez y después con firmeza, empujé el portón y me metí. Sin hacer mucho ruido, acomodé mis pocas cosas en los recovecos de la morada tomada y caí rendido al sueño. Y de eso ya van casi ocho años. No era el único en aquella casa. Éramos muchos okupas que proveníamos de los sitios más recónditos, pero no se trataba sólo de nosotros, los teóricos invasores. Los dueños de casa también deambulaban por los pasillos y se los veía amos y señores de sus habitaciones, de la cocina, del baño, de todas las salas comunes. Los primeros días, semanas, y hasta meses, nos miraban por encima del hombro, marcando la diferencia, subrayánd...

No puedo escribir en la oficina

por Javier Debarnot Ahora es el momento. Ya mismo me pongo, si total no es difícil. La historia la tengo y si logro hilar las frases con algo de gracia seguro que sale algo bueno. Abro un documento en blanco y maldición, suena el teléfono y desde los otros internos juegan al distraído. -Contaduría, buenos días -atiendo con el piloto automático, tan automático que a veces digo buenos días a las seis de la tarde. -¿Está el señor Suárez? –preguntan por mi jefe que para variar no está. -Tranquilo que ya le dejo nota -contesto mientras mis dedos manipulan un boli invisible que hace malabares en el aire. Al final, la interrupción fue minúscula pero cortó la pizca de inspiración que había enjaulado para la introducción. Y eso te mata, aunque por suerte en ocasiones la inspiración tiene memoria y vuelve, como ahora. Claro, esa es una buena forma de empezar el relato, tiene gancho, pero “¿tienes un minuto, Javi?”. No lo puedo creer. Le pregunto qué quiere a mi compañero...

La propuesta

por Javier Debarnot Llovía cuando salimos del bar del Polaco, aunque no lo suficiente como para amedrentarnos a Edu y a mí. Seguro que la noche nos tenía reservado algo, después de ese insípido cero a cero que habíamos digerido frente a una fantasmagórica tele de veintinueve pulgadas. Ya afuera y bajo un leve aguacero, apuramos el paso casi chapoteando con nuestras zapatillas de lona por los charcos que empezaban a formarse en las veredas de Belgrano, rumbo a la discoteca donde habían sido engullidos nuestros amigos tres horas atrás. Al llegar a la puerta de La Hacienda, que era el local bailable de moda, había más porteros que eventuales clientes. Arrancábamos mal. De nada sirvieron nuestros intentos de hacer entrar en razones a esos mastodontes sin corazón. Los que no íbamos a entrar de ninguna manera éramos Edu y yo. Con las zapatillas mojadas, el pelo largo y esas seis cervezas de más, no importaba que fuéramos amigos del mismísimo presidente de la ONU. Y lo peor era q...

María Cristina

por Javier Debarnot      Laia intentaba focalizar. Por unos pocos segundos, nada se interponía entre sus ojos y el techo amarillo de la estación María Cristina, hasta que aparecieron varias cabezas y unas voces le preguntaron si estaba bien. Y no, no estaba bien. Su corazón hacía lo que podía mientras ella boqueaba como un pez arrancado del agua. **********      Veinte minutos antes, Laia bajaba por las escaleras turbada por lo que le había dicho su ginecólogo, “sería un milagro que pudieras quedarte embarazada”. Pasó la tarjeta del Metro y ganó el andén, pero de golpe todo empezó a nublársele. Después de recobrar sus sentidos, vio que a su alrededor la gente iba vestida con ropa de los setenta y ella parecía ser la única desubicada. Flipó.      Un rato después, esperando pacientemente el Metro, Laia se sorprendió con una chica que le era familiar. Tenía su misma edad y atesoraba una carpeta entre sus brazos. Convencida ...

Por cobarde (carta de un asesino)

por Javier Debarnot Juan Correa: Te escribo esta carta porque voy a matarte. En el momento en que la estés leyendo, quiero que sepas que tendrás los minutos contados. Estoy harto de tu falta de decisión, de tus dudas, de esa cobardía exasperante que te acompaña adonde vayas y que siempre acaba tomando el control. No me queda más remedio que matarte para que ella, tu insoportable cobardía, también quede bien muerta y enterrada. Juan, nunca podrías negarlo, no eres capaz de ningún acto de valentía. Digo de hacerlo, porque en los papeles no existe nadie más atrevido y seguro que tú. Vives de la milimétrica y bien explayada teoría, de la planificación constante para alcanzar un logro que supones será seguro y merecido, pero a la hora de llevarlo a la práctica te cagas, siempre te cagas y lo sabes. Y también sabes que yo lo sé, que te conozco y a pesar de que en ocasiones te admiro y creo en ti, al final acabas saboteando cualquier cosa por cobarde. Te voy a matar...

Fantaseo con mi muerte

por Javier Debarnot      Mientras camino por una calle cualquiera, voy pensando qué pasaría si me muriera hoy mismo. Me dirijo hacia un sitio intrascendente al que me da lo mismo llegar lento, llegar rápido o no llegar, y por eso, por mero y simple aburrimiento, mi cabeza me lleva a ese lugar que nunca recorrí, del que jamás formé parte, porque en caso de haberlo hecho ahora no estaría divagando así. Por eso fantaseo con mi muerte, y porque está claro que no soy una persona a la que la gente le dice que contagia ganas de vivir.      Si me muriera ahora mismo, ¿quién sería el primero de mis conocidos en enterarse? Si caigo redondo ya, desplomándome en esta esquina por donde pasan dos almas cada tres minutos, un extraño verá mi cadáver y esperará a que aparezca un segundo transeúnte, para recién ahí tomar la decisión de llamar a alguien. Quizás abran mi billetera o busquen mi celular, intentando dilucidar cuál es el número más frecuente al que llam...

Vendetta rusa

por Javier Debarnot       Víktor maldijo en su armenio natal al notar que llevaba puesta su chaqueta blanca. No era la primera vez que elegía un color inadecuado para hacer su trabajo. El problema, en aquellos casos, era que al salpicarse algunas gotas de sangre éstas quedaban evidentes en su ropa clara. Pero no había tiempo ni para cambios de vestuario ni de planes. Yendo en búsqueda de su víctima, Víktor paró un taxi.        -Buenas noches, hombre, ¿adónde lo llevo? –le preguntó el taxista.        -A la Travessera de Les Corts y Carles III –dijo Víktor acomodándose en el asiento.      -Muy bien. Como soy nuevo en la ciudad le pido que me avise si ve que me estoy perdiendo.       -Je –sonrió Víktor con cierta nostalgia-. Si mi madre en Armenia me hubiera avisado que me estaba perdiendo, hoy no estaría haciendo esto… -concluyó sacando un revólver del interior de su abrigo.       A t...