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En la guerra, no existen grises

por Javier Debarnot      Antes de que una flecha se le enterrara en el omóplato, el mensajero sólo había cometido el pecado de cumplir a rajatabla con su misión, la de comunicarle al rey enemigo que el Príncipe Negro, es decir el mismísimo Eduardo de Woodstock, le declaraba la guerra sin más preámbulos ni miramientos. Juan II se había tomado el asunto tan a pecho que, como respuesta más que elocuente, había decidido matar por la espalda al enviado apenas éste hubo recorrido los escasos metros que separaban el puente del castillo de la torre de vigilancia. Y de ese modo, con esa acción fuera de toda honorabilidad y códigos, así fue como se desató en 1356 la cruel Batalla de Poitiers.      La primera línea de ataque del ejército de Juan II, amo y señor de Francia, salió con ese ímpetu y ese brío que luego empieza a decaer. Hordas de guerreros rasos blandiendo espadas oxidadas y escudos enclenques dieron un paso doble hacia el lugar de la batalla, ...

Asesinato en la agencia (un ajuste de “cuentas”)

por Javier Debarnot      Susi, la encargaba de limpieza de la agencia, llegó aquel día apenas entrada la mañana y hubiera podido imaginar miles de escenarios exóticos o sorprendentes, pero nunca el que se plasmaba casi fantasmagóricamente frente a sus atónitos ojos de lunes. En el suelo todavía en penumbras del pasillo que iba del área de creatividad a la de administración, estaba contorneada en blanco la silueta del cuerpo de una persona. Como en las películas. O más bien como en las escenas del crimen.      Susi casi murió del susto, pero para la tranquilidad de sus familiares no hubo que agregar el dibujo de su diminuta figura junto a la primera. Enseguida pensó en llamar a la policía, pero lo primero que hizo al calmarse fue reconocer -por un par de detalles- el contorno de la macabra figura. Por su cabeza no podían pasar otras cosas que no fueran las preguntas obvias: ¿quién había matado a la nueva ejecutiva de cuentas de la agen...

Lucía y Andrés, última vez ayer a las 15:23

por Javier Debarnot      Sólo se tenían el uno al otro. Todo lo demás lo fueron perdiendo por culpa de la crisis -la económica- porque a Lucía y Andrés nunca les había llegado la otra crisis a pesar de que llevaban siete años juntos. Sí, siete, el lapso indicado según muchos pregoneros aguafiestas que vaticinan un primer sacudón en la pareja. Nada. Lucía y Andrés le seguían diciendo al mundo, y así lo sentían, que se amaban como el primer día.      Pero ambos estaban en el paro. Lucía a punto de perderlo porque los dos años iban a expirar en tres semanas; y Andrés era un novato en la materia: apenas habían pasado cuatro meses desde que había sido despedido por su empresa, y se lo había contado a Lucía con un Whatsapp que la chica leería cuatro horas después, a destiempo.      -No te has enterado de mi mensaje- le había dicho Andrés cuando vio a su novia sonriente, como si nada hubiera ocurrido, yéndolo a buscar...

Por pelotudos

por Javier Debarnot      Ni por disturbios en la vía pública, ni por robo, ni por asesinato. Ni mucho menos por tocarle el culo a una vieja. Por pelotudos. Clara y concisa, esa fue la razón que le dio el comisario de turno al padre de Gonzalo, la respuesta a la pregunta que, para más inri, había sido por qué nos habían metido presos a mí y a mis mejores amigos una cálida noche de noviembre de hace dieciocho años. Toda una noche tras las rejas, por pelotudos.      Nuestra salida de sábado había empezado como casi todas por aquella época: tomando algo, a la vuelta de la manzana de la discoteca que nos engulliría durante largas horas. Tomando algo al principio, porque después pasaba a ser tomando bastante y, en ese punto, en ese preciso momento donde se pasaba del algo al bastante fue cuando empezó a cocerse a fuego lento el motivo que nos llevaría a los cinco a la comisaría del barrio, la seccional número treinta y uno de Colegiales. ...

Todo, pero todo es posible

por Javier Debarnot      Ella despertó aquella mañana con ganas de vivir, muchísimas ganas. Con un gran deseo de sentirse en el cénit de su plácida pero silenciosa existencia, de hacerse notar aún a costa de romper en pedazos la tranquilidad de todos los que se hacían un hueco en su mundo. Tantas veces se la había nombrado en vano, tanto se había especulado con ella, que ya quería hacer algo de verdad para que vieran que sí, que aquello que se decía era cierto. Que podía serlo. El problema era que, tratándose de ella, su decisión de salir del letargo iba a causar revuelo, desconcierto, temores, dudas y finalmente certezas de profecías apocalípticas que quizás estarían empezando a cumplirse. Pero qué más daba, ella sintió que debía reaccionar y demostrarle a los hombres que la leyenda era real; y su acción, una confirmación atroz y descarada. Para que aprendan.      Las casas empezaron a tiritar cuando ella comenzó a desperezarse. Sus boste...