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La ventanita del humor

por Javier Debarnot Lo reconozco: soy un actor frustrado. También soy músico y futbolista frustrado, pero tampoco hay que ahondar en mis frustraciones que ya está visto que tengo varias. Mi trunco camino hacia el terreno actoral se cruzó en mi vida varias veces, pero siempre me encontró con el GPS en modo inútil y nunca logré recalcular la forma de llegar a pisar las tablas. Aunque alguna vez me empujaron en cierta forma al escenario, y eso sí que no. A mí no me gusta que me fuercen a nada. En realidad, con respecto a mi vena actoral, jamás estuve cerca de, por ejemplo, inscribirme en un taller de teatro o algo por el estilo. No llegué siquiera a planteármelo dos veces, como mucho una vez y media pero quedo ahí, en estériles hipótesis. Aunque en alguna ocasión participé voluntariamente en episodios que coqueteaban con la actuación, empezando por los típicos actos escolares. Promediando la escuela secundaria, reclamé el papel protagónico en una obra en donde parodiábamos un...

¿Una carta?

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por Javier Debarnot Hace pocos días, metiendo cosas en cajas para nuestra futura mudanza a Dublin, casi que me tropecé con una carta de una ex-novia de la juventud, una solitaria hoja amarillenta que llevaba dos décadas atrapada en un sobre de papel y que me provocó lo obvia curiosidad, muchísima, de querer saber lo que me decía esa chica tantos años atrás cuando nuestras vidas eran otras, porque ella y yo éramos otros, muy distintos, nosotros y todo el mundo que nos rodeaba. Leí… Barcelona, viernes 13 de octubre de 1995 Amor: Tengo tantas cosas para decirte que no sé ni por dónde empezar. La mano me tiembla de la emoción y por eso te anticipo que la letra me va a salir así, medio deforme y fea, como si en vez de escribirte con una lapicera tuviera un taladro en la mano. Te puse dos líneas más arriba que no sabía por dónde empezar y me acabo de iluminar. Sé que es medio egoísta arrancar hablando de mí, pero es que no hay otra persona en el mundo con quien quiero c...

Agua, fiesta

por Javier Debarnot -¿Está empezando a llover? -¡Estaba anunciado! -Sí, ¿pero justo ahora? Tenía razón mi circunstancial compañero de cancha. El servicio meteorológico, siempre tan aguafiestas, venía anticipando que justo a la hora en que comenzara la final se largaría una lluvia de aquellas. Pero uno siempre tiene la esperanza de que el pronóstico le erre fiero, ese de índole climático y también aquel que presagiaba que era imposible conseguir entradas para ese partido, el más importante en las últimas décadas para el club de mis amores. Estando todavía en Barcelona, empecé a mover varios hilos –hilos tecnológicos, los guasaps y mesenyers de turno- para ver si algún buen samaritano desde Buenos Aires me conseguía un sitio para el partido definitorio de la Copa más importante de América. -¿Cuántas entradas querés? Cuando leía esa respuesta-pregunta de mi amigo Ale, me ilusioné a lo grande porque creí que la posibilidad no sólo era cierta, sino que además po...

Qué ridículo

por Javier Debarnot Camino al trabajo una mañana cualquiera y entonces lo veo. Un desconocido, un extraño acercándose en bici hacia mí, no sólo hacia mí, también hacia un camión hidrante de esos que se utilizan para limpiar las calles, gracias a la conexión de una manguera… Y qué problema la manguera, cuando el ciclista la engancha o mejor dicho la manguera engancha al ciclista, y como si fuera una artera zancadilla de un recio zaguero, empieza su titánica tarea de voltearlo, poco a poco, porque así arranca el desmoronamiento, con un temblor de todo en tres metros a la redonda, donde estoy yo, en primera fila, mirando atónito, y es tal el esfuerzo del hombre por no caer que intenta aguantar estoico, se desespera camino al suelo, pedalea en el aire y su lucha parece estar rindiendo frutos porque no será derribado al menos hasta el siguiente párrafo. Ahora sí, el estropicio está consumado. Cae. Se desploma. Paf y fiuuuu. Se desbarranca y se desliza un metro más sobre la acer...

Cruzada de un caballero alegre hacia una noble madurez

por Javier Debarnot Son las once y la avenida Tres tiene poco que contar. Así transcurrían, demasiado anodinas, algunas noches de mis vacaciones de mediados de los noventa, pero a pesar de ello cada año planeaba con amigos un viaje a Gesell que nunca dejábamos de hacer. Esa playa tenía una rara e inexplicable atracción para mí: sólo así se explica que en pleno uno a uno no haya viajado nunca a Brasil y terminara todos los eneros emborrachándome en la ciudad de los médanos. Pero esa velada de otro jueves cobarde parecía condenada a la ruina y la rutina, dos palabritas cuyo significado es muy parecido con la diferencia de la letra te que hace todavía más violento el asunto. Saturados de la misma discoteca de siempre pero degustando del pico la birra nuestra de cada noche, estábamos derrumbados en las escaleras de un portal mientras practicábamos en simultáneo las dos disciplinas olímpicas que mejor se nos daban por aquella época, decir boludeces y dejar pasar el tiempo. -Ch...

Los ojos del alma

por Javier Debarnot Aldana nunca fue una niña de seis años parecida a la mayoría de las niñas de seis años. Desde que empezaba a enfocar sus ojos a los pocos meses de nacer, ya se veía que su mirada apuntaba a otros sitios. Pero sus familiares y amigos, aun conociendo las rarezas que Aldana traía consigo desde la cuna, jamás hubiesen imaginado lo que, ya comprobado fehacientemente, llevaba adentro esa niña tan especial. Empezó a caminar de una manera precoz, a sus nueve meses de vida. Pareció incluso que hubiera podido hacerlo antes: su imposibilidad residía en que, hasta el momento de dar sus primeros pasos, sus pies no tenían la fuerza necesaria para sostener al resto de su cuerpo, pero se notaba a la legua que Aldana sí contaba con la motricidad adecuada, como si hubiese llegado al mundo con esa capacidad ya aprehendida. Esa, la de caminar, y tantas otras. Al ver de tanto en tanto algún álbum de fotos, solía quedar eclipsada por imágenes antiguas, todavía en blanco y n...

De ocupado a preocupado

por Javier Debarnot En un avión. En un teatro. En un crucero. O incluso en la casa de tus futuros suegros. Hay lugares complicados para quedarte encerrado en un baño, pero encuentro pocos tan incómodos como puede serlo un casamiento. Si aquello ocurre, no es difícil que te enfoquen por un rato las luces del protagonismo de la fiesta, y yo –desde un perfumado toilette- fui alguna vez ese inesperado iluminado. Se trataba de la boda del jefe que tenía en esa época, que se celebró en una típica casa de campo situada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Como aperitivo a la fiesta en sí, había una ceremonia religiosa muy “cool” al aire libre, con participación de familiares y amigos. El atractivo de este evento, comparado con los que tienen lugar en una iglesia, era que los más íntimos de la pareja que pasaban a leer trozos de la biblia, parecían haberse fumado unas páginas de la misma. Todo era muy estudiosamente relajado. Pasamos al sitio donde se realizaría la cen...